domingo, 12 de junio de 2016

Cinco conferencias sobre psicoanálisis - Conferencia 2

Cinco conferencias sobre psicoanálisis. (1910 [1909]).

II



Señoras y señores: Más o menos por la misma época en que Breuer ejercía con su paciente la «talking cure», el maestro Charcot había iniciado en París aquellas indagaciones sobre las histéricas de la Salpétriere que darían por resultado una comprensión novedosa de la enfermedad. Era imposible que esas conclusiones ya se conocieran por entonces en Viena. Pero cuando una década más tarde Breuer y yo publicamos la comunicación preliminar sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos [1893a], que tomaba como punto de partida el tratamiento catártico de la primera paciente de Breuer, nos encontrábamos enteramente bajo el sortilegio de las investigaciones de Charcot. Equiparamos las vivencias patógenas de nuestros enfermos, en calidad de traumas psíquicos, a aquellos traumas corporales cuyo influjo sobre parálisis histéricas Charcot había establecido; y la tesis de Breuer sobre los estados hipnoides no es en verdad sino un reflejo del hecho de que Charcot hubiera reproducido artificialmente en la hipnosis aquellas parálisis traumáticas.

El gran observador francés, de quien fui discípulo entre 1885 y 1886, no se inclinaba a las concepciones psicológicas; sólo su discípulo Pierre Janet intentó penetrar con mayor profundidad en los particulares procesos psíquicos de la histeria, y nosotros seguimos su ejemplo cuando situamos la escisión anímica y la fragmentación de la personalidad en el centro de nuestra concepción. Hallan ustedes en Janet una teoría de la histeria que toma en cuenta las doctrinas prevalecientes en Francia acerca del papel de la herencia y de la degeneración. Según él, la histeria es una forma de la alteración degenerativa del sistema nervioso que se da a conocer mediante una endeblez innata de la síntesis psíquica. Sostiene que los enfermos de histeria son desde el comienzo incapaces de cohesionar en una unidad la diversidad de los procesos anímicos, y por eso se inclinan a la disociación anímica. Si me permiten ustedes un símil trivial, pero nítido, la histérica de Janet recuerda a una débil señora que ha salido de compras y vuelve a casa cargada con una montaña de cajas y paquetes. Sus dos brazos y los diez dedos de las manos no le bastan para dominar todo el cúmulo y entonces se le cae primero un paquete. Se agacha para recogerlo, y ahora es otro el que se le escapa, etc. No armoniza bien con esa supuesta endeblez anímica de las histéricas el hecho de que entre ellas puede observarse, ¡unto a los fenómenos de un rendimiento disminuido, también ejemplos de un incremento parcial de su productividad, como a modo de un resarcimiento. En la época en que la paciente de Breuer había olvidado su lengua materna y todas las otras salvo el inglés, su dominio de esta última llegó a tanto que era capaz, si se le presentaba un libro escrito en alemán, de producir de primer intentó una traducción intachable y fluida al inglés leyendo en voz alta.

Cuando luego me apliqué a continuar por mi cuenta las indagaciones iniciadas por Breuer, pronto llegué a otro punto de vista acerca de la génesis de la disociación histérica (escisión de conciencia). Semejante divergencia, decisiva para todo lo que había de seguir, era forzoso que se produjese, pues yo no partía, como Janet, de experimentos de laboratorio, sino de empeños terapéuticos.

Sobre todo me animaba la necesidad práctica. El tratamiento catártico, como lo había ejercitado Breuer, implicaba poner al enfermo en estado de hipnosis profunda, pues sólo en el estado hipnótico hallaba este la noticia ¿le aquellos nexos patógenos, noticia que le faltaba en su estado normal. Ahora bien, la hipnosis pronto empezó a desagradarme, como un recurso tornadizo y por así decir místico; y cuando hice la experiencia de que a pesar de todos mis empeños sólo conseguía poner en el estado hipnótico a una fracción de mis enfermos, me resolví a resignar la hipnosis e independizar de ella al tratamiento catártico. Puesto que no podía alterar a voluntad el estado psíquico de la mayoría de mis pacientes, me orienté a trabajar con su estado normal. Es cierto que al comienzo esto parecía una empresa sin sentido ni perspectivas. Se planteaba la tarea de averiguar del enfermo algo que uno no sabía y que ni él mismo sabía; ¿cómo podía esperarse averiguarlo no obstante? Entonces acudió en mi auxilio el recuerdo de un experimento muy asombroso e instructivo que yo había presenciado junto a Bernheim en Nancy [en 1889]. Bernheim nos demostró por entonces que las personas a quienes él había puesto en sonambulismo hipnótico, haciéndoles vivenciar en ese estado toda clase de cosas, sólo en apariencia habían perdido el recuerdo de lo que vivenciaron sonámbulas y era posible despertarles tales recuerdos aun en el estado normal. Cuando les inquiría por sus vivencias sonámbulas, al comienzo aseveraban por cierto no saber nada; pero si él no desistía, si las esforzaba, si les aseguraba que empero lo sabían, en todos los casos volvían a acudirles esos recuerdos olvidados.

Fue lo que hice también yo con mis pacientes. Cuando había llegado con ellos a un punto en que aseveraban no saber nada más, les aseguraba que empero lo sabían, que sólo debían decirlo, y me atrevía a sostenerles que el recuerdo justo sería el que les acudiese en el momento en que yo les pusiese mi mano sobre su frente. De esa manera conseguía, sin emplear la hipnosis, averiguar. de los enfermos todo lo requerido para restablecer el nexo entre las escenas patógenas olvidadas y los síntomas que estas habían dejado como secuela. Pero era un procedimiento trabajoso, agotador a la larga, que no podía ser el apropiado para una técnica definitiva.

Mas no lo abandoné sin extraer de las percepciones que él procuraba las conclusiones decisivas. Así, pues, yo había corroborado que los recuerdos olvidados no estaban perdidos. Se encontraban en posesión del enfermo y prontos a aflorar en asociación con lo todavía sabido por él, pero alguna fuerza les impedía devenir concientes y los constreñía a permanecer inconcientes. Era posible suponer con certeza la existencia de esa fuerza, pues uno registraba un esfuerzo {Anstrengung} correspondiente a ella cuando se empeñaba, oponiéndosele, en introducir los recuerdos inconcientes en la conciencia del enfermo. Uno sentía como resistencia del enfermo esa fuerza que mantenía en pie al estado patológico.

Ahora bien, sobre esa idea de la resistencia he fundado mi concepción de los procesos psíquicos de la histeria. Cancelar esas resistencias se había demostrado necesario para el restablecimiento; y ahora, a partir del mecanismo de la curación, uno podía formarse representaciones muy precisas acerca de lo acontecido al contraerse la enfermedad. Las mismas fuerzas que hoy, como resistencia, se oponían al empeño de hacer conciente lo olvidado tenían que ser las que en su momento produjeron ese olvido y esforzaron {drängen} afuera de la conciencia las vivencias patógenas en cuestión. Llamé represión {esfuerzo de desalojo} a este proceso por mí supuesto, y lo consideré probado por la indiscutible existencia de la resistencia.

Desde luego, cabía preguntarse cuáles eran esas fuerzas y cuáles las condiciones de la represión en la que ahora discerníamos el mecanismo patógeno de la histeria. Una indagación comparativa de las situaciones patógenas de que se había tenido noticia mediante el tratamiento catártico permitía ofrecer una respuesta. En todas esas vivencias -había estado en juego el afloramiento de una moción de deseo que se encontraba en aguda oposición a los demás deseos del individuo, probando ser inconciliable con las exigencias éticas y estéticas de la personalidad. Había sobrevenido un breve conflicto, y el final de esta lucha interna fue que la representación que aparecía ante la conciencia como la portadora de aquel deseo inconciliable sucumbió a la represión {esfuerzo de desalojo} y fue olvidada. y esforzada afuera de la conciencia junto con los recuerdos relativos a ella. Entonces, la inconciliabilidad de esa representación con el yo del enfermo era el motivo {Motiv, «la fuerza impulsora»} de la represión; y las fuerzas represoras eran los reclamos éticos, y otros, del individuo. La aceptación de la moción de deseo inconciliable, o la persistencia del conflicto, habrían provocado un alto grado de displacer; este displacer era ahorrado por la represión, que de esa manera probaba ser uno de los dispositivos protectores de la personalidad anímica.

Les referiré, entre muchos, uno solo de mis casos, en el que se disciernen con bastante nitidez tanto las condiciones como la utilidad de la represión. Por cierto que para mis fines me veré obligado a abreviar este historial clínico, dejando de lado importantes premisas de él. Una joven que poco tiempo antes había perdido a su amado padre, de cuyo cuidado fue partícipe -situación análoga a la de la paciente de Breuer-, sintió, al casarse su hermana mayor, una particular simpatía hacia su cuñado, que fácilmente pudo enmascararse como una ternura natural entre parientes. Esta hermana pronto cayó enferma y murió cuando la paciente se encontraba ausente junto con su madre. Las ausentes fueron llamadas con urgencia sin que se les proporcionase noticia cierta del doloroso suceso, Cuando la muchacha hubo llegado ante el lecho de su hermana muerta, por un breve instante afloró en ella una idea que podía expresarse aproximadamente en estas palabras: «Ahora él está libre y puede casarse conmigo». Estamos autorizados a dar por cierto que esa idea, delatora de su intenso amor por el cuñado, y no conciente para ella misma, fue entregada de inmediato a la represión por la revuelta de sus sentimientos. La muchacha contrajo graves síntomas histéricos y cuando yo la tomé bajo tratamiento resultó que había olvidado por completo la escena junto al lecho de su hermana, así como la moción odiosa y egoísta que emergiera en ella. La recordó en el tratamiento, reprodujo el factor patógeno en medio de los indicios de la más violenta emoción, y sanó así.

Acaso me sea lícito ilustrarles el proceso de la represión y su necesario nexo con la resistencia mediante un grosero símil que tomaré, justamente, de la situación en que ahora nos encontramos. Supongan que aquí, dentro de esta sala y entre este auditorio cuya calma y atención ejemplares yo no sabría alabar bastante, se encontrara empero un individuo revoltoso que me distrajera de mi tarea con sus impertinentes risas, charla, golpeteo con los pies. Y que yo declarara que así no puedo proseguir la conferencia, tras lo cual se levantaran algunos hombres vigorosos entre ustedes y tras breve lucha pusieran al barullero en la puerta. Ahora él está «desalojado» (reprimido} y yo puedo continuar mi exposición. Ahora bien, para que la perturbación no se repita si el expulsado intenta volver a ingresar en la sala, los señores que ejecutaron mi voluntad colocan sus sillas contra la puerta y así se establecen como una «resistencia» tras un esfuerzo de desalojo (represión} consumado. Si ustedes trasfieren las dos localidades a lo psíquico como lo «conciente» y lo «inconciente», obtendrán una imagen bastante buena del proceso de la represión.

Ahora ven ustedes en qué radica la diferencia entre nuestra concepción y la de Janet. No derivamos la escisión psíquica de una insuficiencia innata que el aparato anímico tuviera para la síntesis, sino que la explicamos dinámicamente por el conflicto de fuerzas anímicas en lucha, discernimos en ella el resultado de una renuencia activa de cada uno de los dos agrupamientos psíquicos respecto del otro, Ahora bien, nuestra concepción engendra un gran número de nuevas cuestiones. La situación del conflicto psíquico es sin duda frecuentísima; un afán del yo por defenderse de recuerdos penosos se observa con total regularidad, y ello sin que el resultado sea una escisión anímica. Uno no puede rechazar la idea de que hacen falta todavía otras condiciones para que el conflicto tenga por consecuencia la disociación. También les concedo que con la hipótesis de la represión no nos encontramos al final, sino sólo al comienzo, de una teoría psicológica, pero no tenemos otra alternativa que avanzar paso a paso y confiar a un trabajo progresivo en anchura y profundidad la obtención de un conocimiento acabado.

Desistan, por otra parte, del intento de situar el caso de la paciente de Breuer bajo los puntos de vista de la represión. Ese historial clínico no se presta a ello porque se lo obtuvo con el auxilio del influjo hipnótico. Sólo si ustedes desechan la hipnosis pueden notar las resistencias y represiones y formarse una representación certera del proceso patógeno efectivo. La hipnosis encubre a la resistencia; vuelve expedito un cierto ámbito anímico, pero en cambio acumula la resistencia en las fronteras de ese ámbito al modo de una muralla que vuelve inaccesible todo lo demás.

Lo más valioso que aprendimos de la observación de Breuer fueron las noticias acerca de los nexos entre los síntomas y las vivencias patógenas o traumas psíquicos, y ahora no podemos omitir el apreciar esas intelecciones desde el punto de vista de la doctrina de la represión. Al comienzo no se ve bien cómo desde la represión puede llegarse a la formación de síntoma. En lugar de proporcionar una compleja deducción teórica, retomaré en este punto la imagen que antes usamos para ilustrar la represión {esfuerzo de desalojo}. Consideren que con el distanciamiento del miembro perturbador y la colocación de los guardianes ante la puerta el asunto no necesariamente queda resuelto. Muy bien puede suceder que el expulsado, ahora enconado y despojado de todo miramiento, siga dándonos qué hacer. Es verdad que ya no está entre nosotros; nos hemos librado de su presencia, de su risa irónica, de sus observaciones a media voz, pero en cierto sentido el esfuerzo de desalojo no ha tenido éxito, pues ahora da ahí afuera un espectáculo insoportable, y sus gritos y los golpes de puño que aplica contra la puerta estorban mi conferencia más que antes su impertinente conducta. En tales circunstancias no podríamos menos que alegrarnos si, por ejemplo, nuestro estimado presidente, el doctor Stanley Hall, quisiera asumir el papel de mediador y apaciguador. Hablaría con el miembro revoltoso ahí afuera y acudiría a nosotros con la exhortación de que lo dejáramos reingresar, ofreciéndose él como garante de su buen comportamiento. Obedeciendo a la autoridad del doctor Hall, nos decidimos entonces a cancelar de nuevo el desalojo, y así vuelven a reinar la calma y la paz. En realidad, no es esta una figuración inadecuada de la tarea que compete al médico en la terapia psicoanalítica de las neurosis.

Para decirlo ahora más directamente: mediante la indagación de los histéricos y otros neuróticos llegamos a convencernos de que en ellos ha fracasado la represión de la idea entramada con el deseo insoportable. Es cierto que la han pulsionado afuera de la conciencia y del recuerdo, ahorrándose en apariencia una gran suma de displacer, pero la moción de deseo reprimida perdura en lo inconciente, al acecho de la oportunidad de ser activada; y luego se las arregla para enviar dentro de la conciencia una formación sustitutiva, desfigurada y vuelta irreconocible, de lo reprimido, a la que pronto se anudan las mismas sensaciones de displacer que uno creyó ahorrarse mediante la represión. Esa formación sustitutiva de la idea reprimida -el síntoma- es inmune a los ataques del yo defensor, y en vez de un breve conflicto surge ahora un padecer sin término en el tiempo. En el síntoma cabe comprobar, junto a los indicios de la desfiguración, un resto de semejanza, procurada de alguna manera, con la idea originariamente reprimida; los caminos por los cuales se consumó la formación sustitutiva pueden descubrirse en el curso del tratamiento psicoanalítico del enfermo, y para su restablecimiento es necesario que el síntoma sea trasportado de nuevo por esos mismos caminos hasta la idea reprimida. Si lo reprimido es devuelto a la actividad anímica conciente, lo cual presupone la superación de considerables resistencias, el conflicto psíquico así generado y que el enfermo quiso evitar puede hallar, con la guía del médico, un desenlace mejor que el que le procuró la represión. De tales tramitaciones adecuadas al fin, que llevan conflicto y neurosis a un feliz término, las hay varias, y en algunos casos es posible alcanzarlas combinadas entre sí. La personalidad del enfermo puede ser convencida de que rechazó el deseo patógeno sin razón y movida a aceptarlo total o parcialmente, o este mismo deseo ser guiado hacia una meta superior y por eso exenta de objeción (lo que se llama su sublimación), o bien admitirse que su desestimación es justa, pero sustituirse el mecanismo automático y por eso deficiente de la represión por un juicio adverso {Verurteilung) con ayuda de las supremas operaciones espirituales del ser humano; así se logra su gobierno conciente.

Discúlpenme ustedes si no he logrado exponerles de una manera claramente aprehensible estos puntos capitales del método de tratamiento ahora llamado psicoanálisis. Las dificultades no se deben sólo a la novedad del asunto. Sobre la índole de los deseos inconciliables que a pesar de la represión saben hacerse oír desde lo inconciente, y sobre las condiciones subjetivas o constitucionales que deben darse en cierta persona para que se produzca ese fracaso de la represión y una formación sustitutiva o de síntoma, daremos noticia luego, con algunas puntualizaciones.



Cinco conferencias sobre psicoanálisis - Conferencia 1

Cinco conferencias sobre psicoanálisis. (1910 [1909]).

I


Señoras y señores: Dictar conferencias en el Nuevo Mundo ante un auditorio ávido de saber provoca en mí un novedoso y desconcertante sentimiento. Parto del supuesto de que debo ese honor solamente al enlace de mi nombre con el tema del psicoanálisis, y por eso me propongo hablarles de este último. Intentaré proporcionarles en la más apretada síntesis un panorama acerca de la historia, la génesis y el ulterior desarrollo de este nuevo método de indagación y terapia.

Si constituye un mérito haber dado nacimiento al psicoanálisis, ese mérito no es mío. (ver nota) Yo no participé en sus inicios. Era un estudiante preocupado por pasar sus últimos exámenes cuando otro médico de Viena, el doctor Josef Breuer, aplicó por primera vez ese procedimiento a una muchacha afectada de histeria (desde 1880 hasta 1882). De ese historial clínico y terapéutico nos ocuparemos; ahora. Lo hallarán expuesto con detalle en Estudios sobre la histeria [1895], publicados luego por Breuer y por mí. (ver nota)

Una sola observación antes de empezar: no sin satisfacción me he enterado de que la mayoría de mis oyentes no pertenecen al gremio médico. No tengan ustedes cuidado; no hace falta una particular formación previa en medicina para seguir mi exposición. Es cierto que por un trecho avanzaremos junto con los médicos, pero pronto nos separaremos para acompañar al doctor Breuer en un peculiarísimo camino.

La paciente del doctor Breuer, una muchacha de veintiún años, intelectualmente muy dotada, desarrolló en el trayecto de su enfermedad, que se extendió por dos años, una serie de perturbaciones corporales y anímicas merecedoras de tomarse con toda seriedad. Sufrió una parálisis con rigidez de las dos extremidades del lado derecho, que permanecían insensibles, y a veces esta misma afección en los miembros del lado izquierdo; perturbaciones en los movimientos oculares y múltiples deficiencias en la visión, dificultades para sostener la cabeza, una intensa tussis nervosa, asco frente a los alimentos y en una ocasión, durante varias semanas, incapacidad para beber no obstante una sed martirizadora; además, disminución de la capacidad de hablar, al punto de no poder expresarse o no comprender su lengua materna, y, por último, estados de ausencia, confusión, deliria, alteración de su personalidad toda, a los cuales consagraremos luego nuestra atención.

Al tomar conocimiento ustedes de semejante cuadro patológico, se inclinarán a suponer, aun sin ser médicos, que se trata de una afección grave, probablemente cerebral, que ofrece pocas perspectivas de restablecimiento y acaso lleve al temprano deceso de los aquejados por ella. Admitan, sin embargo, esta enseñanza de los médicos: para toda una serie de casos que presentan esas graves manifestaciones está justificada otra concepción, mucho más favorable. Si ese cuadro clínico aparece en una joven en quien una indagación objetiva demuestra que sus órganos internos vitales (corazón, riñones) son normales, pero que ha experimentado violentas conmociones del ánimo, y si en ciertos caracteres más finos los diversos síntomas se apartan de lo que cabría esperar, los médicos no juzgarán muy grave el caso. Afirmarán no estar frente a una afección orgánica del cerebro, sino ante ese enigmático estado que desde los tiempos de la medicina griega recibe el nombre de histeria y es capaz de simular toda una serie de graves cuadros. Por eso no disciernen peligro mortal y consideran probable una recuperación -incluso total- de la salud. No siempre es muy fácil distinguir una histeria de una afección orgánica grave. Pero no necesitamos saber cómo se realiza un diagnóstico diferencial de esta clase; bástenos la seguridad de que justamente el caso de la paciente de Breuer era uno de esos en que ningún médico experto erraría el diagnóstico de histeria. En este punto podemos traer, del informe clínico, un complemento: ella contrajo su enfermedad mientras cuidaba a su padre, tiernamente amado, de una grave dolencia que lo llevó a la tumba, y a raíz de sus propios males debió dejar de prestarle esos auxilios.

Hasta aquí nos ha resultado ventajoso avanzar junto con los médicos, pero pronto nos separaremos de ellos. En efecto, no esperen ustedes que las perspectivas del tratamiento médico hayan de mejorar esencialmente para el enfermo por el hecho de que se le diagnostique una histeria en lugar de una grave afección cerebral orgánica. Frente a las enfermedades graves del encéfalo, el arte médico es impotente en la mayoría de los casos, pero el facultativo tampoco sabe obrar nada contra la afección histérica. Tiene que dejar librados a la bondadosa naturaleza el momento y el modo en que se realice su esperanzada prognosis. (ver nota)

Entonces, poco cambia para el enfermo al discernírsele la histeria; es al médico a quien se le produce una gran variación. Podemos observar que su actitud hacia el histérico difiere por completo de la que adopta frente al enfermo crónico. No quiere dispensar al primero el mismo grado de interés que al segundo, pues su dolencia es mucho menos seria, aunque parezca reclamar que se la considere igualmente grave. Pero no es este el único motivo. El médico, que en sus estudios ha aprendido tantas cosas arcanas para el lego, ha podido formarse de las causas y alteraciones patológicas (p. ej., las sobrevenidas en el encéfalo de una persona afectada de apoplejía o neoplasia) unas representaciones que sin duda son certeras hasta cierto grado, puesto que le permiten entender los detalles del cuadro clínico. Ahora bien, todo su saber, su previa formación patológica y anátomo-fisíológica, lo desasiste al enfrentar las singularidades de los fenómenos histéricos. No puede comprender la histeria, ante la cual se encuentra en la misma situación que el lego. He ahí algo bien ingrato para quien tanto se precia de su saber en otros terrenos. Por eso los histéricos pierden su simpatía; los considera como unas personas que infringen las leyes de su ciencia, tal como miran los ortodoxos a los heréticos; les atribuye toda la malignidad posible, los acusa de exageración y deliberado engaño, simulación, y los castiga quitándoles su interés.

Pues bien; el doctor Breuer no incurrió en esta falta con su paciente: le brindó su simpatía e interés, aunque al comienzo no sabía cómo asistirla. Es probable que se lo facilitaran las notables cualidades espirituales y de carácter de ella, de las que da testimonio en el historial clínico que redactó. Su amorosa observación pronto descubrió el camino que le posibilitaría el primer auxilio terapéutico.

Se había notado que en sus estados de ausencia, de alteración psíquica con confusión, la enferma solía murmurar entre sí algunas palabras que parecían provenir de unos nexos en que se ocupase su pensamiento. Entonces el médico, que se hizo informar acerca de esas palabras, la ponía en una suerte de hipnosis y en cada ocasión se las repetía a fin de moverla a que las retornase. Así comenzaba a hacerlo la enferma, y de ese modo reproducía ante el médico las creaciones psíquicas que la gobernaban durante las ausencias y se habían traslucido en esas pocas palabras inconexas. Eran fantasías tristísimas, a menudo de poética hermosura -sueños diurnos, diríamos nosotros-, que por lo común tomaban como punto de partida la situación de una muchacha ante el lecho de enfermo de su padre. Toda vez que contaba cierto número de esas fantasías, quedaba como liberada y se veía reconducida a la vida anímica normal. Ese bienestar, que duraba varías horas, daba paso al siguiente día a una nueva ausencia, vuelta a cancelar de igual modo mediante la enunciación de las fantasías recién formadas. No era posible sustraerse a la impresión de que* la alteración psíquica exteriorizada en las ausencias era resultado del estímulo procedente de estas formaciones de fantasía, plenas de afecto en grado sumo. La paciente misma ' que en la época de su enfermedad, asombrosamente, sólo hablaba y comprendía el inglés, bautizó a este novedoso tratamiento como «talking cure» {«cura de conversación»} o lo definía en broma como «chimney-sweeping» {«limpieza de chimenea»}.

Pronto se descubrió como por azar que mediante ese deshollinamiento del alma podía obtenerse algo más que una eliminación pasajera de perturbaciones anímicas siempre recurrentes. También se conseguía hacer desaparecer los síntomas patológicos cuando en la hipnosis se recordaba, con exteriorización de afectos, la ocasión y el asunto a raíz del cual esos síntomas se habían presentado por primera vez. «En el verano hubo un período de intenso calor, y la paciente sufrió mucha sed; entonces, y sin que pudiera indicar razón alguna, de pronto se le volvió imposible beber. Tomaba en su mano el ansiado vaso de agua, pero tan pronto lo tocaban sus labios, lo arrojaba de sí como si fuera una hidrofóbica. Era evidente que durante esos segundos caía en estado de ausencia. Sólo vivía a fuerza de frutas, melones, etc., que le mitigaban su sed martirizadora. Cuando esta situación llevaba ya unas seis semanas, se puso a razonar en estado de hipnosis acerca de su dama de compañía inglesa, a quien no amaba, y refirió entonces con todos los signos de la repugnancia cómo había ido a su habitación, y ahí vio a su perrito, ese asqueroso animal, beber de un vaso. Ella no dijo nada pues quería ser cortés. Tras dar todavía enérgica expresión a ese enojo que se le había quedado atascado, pidió de beber, tomó sin inhibición una gran cantidad de agua y despertó de la hipnosis con el vaso en los labios. Con ello la perturbación desaparecía para siempre». (ver nota)

Permítanme detenerme un momento en esta experiencia. Hasta entonces nadie había eliminado un síntoma histérico por esa vía, ni penetrado tan hondo en la inteligencia de su causación. No podía menos que constituir un descubrimiento de los más vastos alcances si se corroboraba la expectativa de que también otros síntomas, y acaso la mayoría, nacían de ese modo en los enfermos e igualmente se los podía cancelar. Breuer no ahorró esfuerzos para convencerse de ello, y pasó a investigar de manera planificada la patogénesis de los otros síntomas, más graves. Y así era, efectivamente; casi todos los síntomas habían nacido como unos restos, como unos precipitados si ustedes quieren, de vivencias plenas de afecto a las que por eso hemos llamado después. «traumas psíquicos»; y su particularidad se esclarecía por la referencia a la escena traumática que los causó. Para decirlo con un tecnicismo, eran determinados {determinieren} por las escenas cuyos restos mnémicos ellos figuraban, y ya no se debía describirlos como unas operaciones arbitrarias o enigmáticas de la neurosis. Anotemos sólo una desviación respecto de aquella expectativa. La que dejaba como secuela al síntoma no siempre era una vivencia única; las más de las veces habían concurrido a ese efecto repetidos y numerosos traumas, a menudo muchísimos de un mismo tipo. Toda esta cadena de recuerdos patógenos debía ser reproducida luego en su secuencia cronológica, y por cierto en sentido inverso: los últimos primero, y los primeros en último lugar; era de todo punto imposible avanzar hasta el primer trauma, que solía ser el más eficaz, saltando los sobrevenidos después.

Querrán ustedes, sin duda, que les comunique otros ejemplos de causación de síntomas histéricos, además de esta aversión al agua por asco al perro que bebió del vaso. Empero, si deseo cumplir mi programa, debo limitarme a muy pocas muestras. Así, Breuer refiere que las perturbaciones en la visión de la enferma se reconducían a ocasiones «de este tipo: la paciente estaba sentada, con lágrimas en los ojos, junto al lecho de enfermo de su padre, cuando este le preguntó de pronto qué hora era; ella no veía claro, hizo un esfuerzo, acercó el reloj a sus ojos y entonces la esfera se le apareció muy grande (macropsia y strabismus convergens); o bien se esforzó por sofocar las lágrimas para que el padre no las viera». Por otra parte, todas las impresiones patógenas venían de la época en que participó en el cuidado de su padre enfermo. «Cierta vez hacía vigilancia nocturna con gran angustia por el enfermo, que padecía alta fiebre, y en estado de tensión porque se esperaba a un cirujano de Viena que practicaría la operación. La madre se había alejado por un rato, y Anna estaba sentada junto al lecho del enfermo, con el brazo derecho sobre el respaldo de la silla. Cayó en un estado de sueño despierto y vio cómo desde la pared una serpiente negra se acercaba al enfermo para morderlo. (Es muy probable que en el prado que se extendía detrás de la casa aparecieran de hecho algunas serpientes y ya antes hubieran provocado terror a la muchacha, proporcionando ahora el material de la alucinación.) Quiso espantar al animal pero estaba como paralizada; el brazo derecho, pendiente sobre el respaldo, se le había «dormido», volviéndosele anestésico y parético, y cuando lo observó los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rematadas en calaveras (las uñas). Probablemente hizo intentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha paralizada, y por esa vía su anestesia y parálisis entró en asociación con la alucinación de la serpiente. Cuando esta hubo desaparecido, quiso en su angustia rezar, pero se le denegó toda lengua, no pudo hablar en ninguna, hasta que por fin dio con un verso infantil en inglés y entonces pudo seguir pensando y orar en esa lengua». Al recordar esta escena en la hipnosis, quedó eliminada también la parálisis rígida del brazo derecho, que persistía desde el comienzo de la enfermedad, llegando así a su fin el tratamiento.

Cuando años después yo empecé a aplicar el método de indagación y tratamiento de Breuer a mis propios pacientes, hice experiencias que coincidían en un todo con las de él. Una dama de unos cuarenta años sufría de un tic, un curioso ruido semejante a un chasquido que ella producía a raíz de cualquier emoción y aun sin ocasión visible. Tenía su origen en dos vivencias cuyo rasgo común era que ella se había propuesto no hacer ruido alguno, a pesar de lo cual, por una suerte de voluntad contraria, rompió el silencio justamente con aquel chasquido: una vez, cuando al fin había conseguido hacer dormir con gran trabajo a su hija enferma y se dijo que ahora tenía que guardar un silencio absoluto para no despertarla, y la otra, cuando durante un viaje en coche con sus dos hijas los caballos se espantaron con la tormenta, y ella pretendió evitar cuidadosamente todo ruido para que los animales no se asustaran todavía más. Les doy este ejemplo entre muchos otros consignados en Estudios sobre la histeria. (ver nota)

Señoras y señores: Si me permiten ustedes la generalización que es inevitable aun tras una exposición tan abreviada, podemos verter en esta fórmula el conocimiento adquirido hasta ahora: Nuestros enfermos de histeria padecen de reminiscencias. Sus síntomas son restos y símbolos mnémicos de ciertas vivencias (traumáticas). Una comparación con otros símbolos, mnémicos de campos diversos acaso nos lleve a comprender con mayor profundidad este simbolismo. También los monumentos con que adornamos nuestras grandes ciudades son unos tales símbolos mnémicos. Si ustedes van de paseo por Londres, hallarán, frente a una de las mayores estaciones ferroviarias de la ciudad, una columna gótica ricamente guarnecida, la Charing Cross. En el siglo xiii, uno de los antiguos reyes de la casa de Plantagenet hizo conducir a Westminstet los despojos de su amada reina Eleanor y erigió cruces góticas en cada una de las estaciones donde el sarcófago se depositó en tierra; Charing Cross es el último de los monumentos destinados a conservar el recuerdo de este itinerario doliente. (ver nota) En otro lugar de la ciudad, no lejos del London Bridge, descubrirán una columna más moderna, eminente, que en aras de la brevedad es llamada «The Monument». Perpetúa la memoria del incendio que en 1666 estalló en las cercanías y destruyó gran parte de la ciudad. Estos monumentos son, pues, símbolos mnémicos como los síntomas histéricos; hasta este punto parece justificada la comparación. Pero, ¿qué dirían ustedes de un londinense que todavía hoy permaneciera desolado ante el monumento recordatorio del itinerario fúnebre de la reina Eleanor, en vez de perseguir sus negocios con la premura que las modernas condiciones de trabajo exigen o de regocijarse por la juvenil reina de su corazón? ¿O de otro que ante «The Monument» llorara la reducción a cenizas de su amada ciudad, que empero hace ya mucho tiempo que fue restaurada con mayor esplendor todavía? Ahora bien, los histéricos y los neuróticos todos se comportan como esos dos londinenses no prácticos. Y no es sólo que recuerden las dolorosas vivencias de un lejano pasado; todavía permanecen adheridos a ellas, no se libran del pasado y por él descuidan la realidad efectiva y el presente. Esta fijación de la vida anímica a los traumas patógenos es uno de los caracteres más importantes y de mayor sustantividad práctica de las neurosis.

Les concedo de buen grado la objeción que quizá formulan ustedes en este momento, considerando el historial clínico de la paciente de Breuer. En efecto, todos sus traumas provenían de la época en que cuidaba a su padre enfermo, y sus síntomas sólo pueden concebirse como unos signos recordatorios de su enfermedad y muerte. Por tanto, corresponden a un duelo, y no hay duda de que una fijación a la memoria del difunto tan poco tiempo después de su deceso no tiene nada de patológico, sino que más bien responde a un proceso de sentimiento normal. Yo se los concedo; la fijación a los traumas no es nada llamativo en el caso de la paciente de Breuer. Pero en otros, como el del tic tratado por mí, cuyos ocasionamientos se remontaban a más de quince y a diez años, el carácter de la adherencia anormal al pasado resulta muy nítido, y es probable que la paciente de Breuer lo habría desarrollado igualmente de no haber iniciado tratamiento catártico trascurrido un lapso tan breve desde la vivencia de los traumas y la génesis de los síntomas.

Hasta aquí sólo hemos elucidado el nexo de los síntomas histéricos con la biografía de los enfermos; en este punto, a partir de otros dos aspectos de la observación de Breuer podemos obtener una guía acerca del modo en que es preciso concebir el proceso de la contracción de la enfermedad y del restablecimiento.

En primer lugar, corresponde destacar que la enferma de Breuer, en casi todas las situaciones patógenas, debió sofocar una intensa excitación en vez de posibilitarle su decurso mediante los correspondientes signos de afecto, palabras y acciones. En la pequeña vivencia con el perro de su dama de compañía, sofocó, por miramiento hacía ella, toda exteriorización de su muy intenso asco; y mientras vigilaba Junto al lecho de su padre, tuvo el permanente cuidado de no dejar que el enfermo notara nada de su angustia y dolorosa desazón. Cuando después reprodujo ante el médico esas mismas escenas, el afecto entonces inhibido afloró con particular violencia, como si se hubiera reservado durante todo ese tiempo. Y en efecto: el síntoma que había quedado pendiente de esa escena cobraba su máxima intensidad a medida que uno se acercaba a su causación, para desaparecer tras la completa tramitación de esta última. Por otro lado, pudo hacerse la experiencia de que recordar la escena ante el médico no producía efecto alguno cuando por cualquier razón ello discurría sin desarrollo de afecto. Los destinos de estos afectos, que uno podía representarse como magnitudes desplazables, eran entonces lo decisivo tanto para la contracción de la enfermedad como para el restablecimiento. Así resultó forzoso suponer que aquella sobrevino porque los afectos desarrollados en las situaciones patógenas hallaron bloqueada una salida normal, y la esencia de su contracción consistía en que entonces esos afectos «estrangulados» eran sometidos a un empleo anormal. En parte persistían como unos lastres duraderos de la vida anímica y fuentes de constante excitación; en parte experimentaban una trasposición a inusuales inervaciones e inhibiciones corporales que se constituían como los síntomas corporales del caso. Para este último proceso hemos acuñado el nombre de conversión histérica. Lo corriente y normal es que una parte de nuestra excitación anímica sea guiada por el camino de la inervación corporal, y el resultado de ello es lo que conocemos como «expresión de las emociones». Ahora bien, la conversión histérica exagera esa parte del decurso de un proceso anímico investido de afecto; corresponde a una expresión mucho más intensa, guiada por nuevas vías, de la emoción. Cuando un cauce se divide en dos canales, se producirá la congestión de uno de ellos tan pronto como la corriente tropiece con un obstáculo en el otro.

Lo ven ustedes; estamos en vías de obtener una teoría puramente psicológica de la histeria, en la que adjudicamos el primer rango a los procesos afectivos.

Una segunda observación de Breuer nos fuerza ahora a conceder una significatividad considerable a los estados de conciencia entre los rasgos característicos del acontecer patológico. La enferma de Breuer mostraba múltiples condiciones anímicas (estados de ausencia, confusión y alteración del carácter) junto a su estado normal. En este último no sabía nada de aquellas escenas patógenas ni de su urdimbre con sus síntomas; había olvidado esas escenas, o en todo caso desgarrado la urdimbre patógena. Cuando se la ponía en estado de hipnosis, tras un considerable gasto de trabajo se lograba reevocar en su memoria esas escenas, y merced a este trabajo de recuerdo los síntomas eran cancelados. La interpretación de estos hechos habría provocado gran desconcierto si las experiencias y experimentos del hipnotismo no hubieran indicado ya el camino. El estudio de los fenómenos hipnóticos nos había familiarizado con la concepción, sorprendente al comienzo, de que en un mismo individuo son posibles varios agrupamientos anímicos que pueden mantener bastante independencia recíproca, «no saber nada» unos de otros, y atraer hacia sí alternativamente a la conciencia. En ocasiones se observan también casos espontáneos de esta índole, que se designan como de «double conscience» {«doble conciencia»}. Cuando, dada esa escisión de la personalidad, la conciencia permanece ligada de manera constante a uno de esos dos estados, se lo llama el estado anímico conciente, e inconciente al divorciado de él. En los consabidos fenómenos de la llamada "sugestión pos-hipnótica", en que una orden impartida durante la hipnosis se abre paso luego de manera imperiosa en el estado normal, se tiene un destacado arquetipo de los influjos que el estado conciente puede experimentar por obra del que para él es inconciente; y siguiendo este paradigma se logra ciertamente explicar las experiencias hechas en el caso de la histeria. Breuer se decidió por la hipótesis de que los síntomas histéricos nacían en unos particulares estados anímicos que él llamó hipnoides. Excitaciones que caen dentro de tales estados hipnoides devienen con facilidad patógenas porque ellos no ofrecen las condiciones para un decurso normal de los procesos excitatorios. De estos nace entonces un insólito producto: el síntoma, justamente; y este se eleva y penetra como un cuerpo extraño en el estado normal, al que le falta, en cambio, toda noticia sobre la situación patógena hipnoide. Donde existe un síntoma, se encuentra también una amnesia, una laguna del recuerdo; y el llenado de esa laguna conlleva la cancelación de las condiciones generadoras del síntoma.

Me temo que esta parte de mi exposición no les haya parecido muy trasparente. Pero consideren que se trata de novedosas y difíciles intuiciones, que quizá no puedan aclararse mucho más: prueba de que no hemos avanzado todavía un gran trecho en nuestro conocimiento. Por lo demás, la tesis de Breuer acerca de los estados hipnoides demostró ser estorbosa y superflua, y el actual psicoanálisis la ha abandonado. Les diré luego, siquiera indicativamente, qué influjos y procesos habrían de descubrirse tras esa divisoria de los estados hipnoides postulados por Breuer. Habrán recibido ustedes, sin duda, la justificada impresión de que las investigaciones de Breuer sólo pudieron ofrecerles una teoría harto incompleta y un esclarecimiento insatisfactorio de los fenómenos observados; pero las teorías no caen del cielo, y con mayor justificación todavía deberán ustedes desconfiar si alguien les ofrece ya desde el comienzo de sus observaciones una teoría redonda y sin lagunas. Es que esta última sólo podría ser hija de la especulación y no el fruto de una explotación de los hechos sin supuestos previos.


jueves, 10 de marzo de 2016

LAS EXPERIENCIAS SON HEREDADAS A TRAVES DEL ADN

Genetistas afirman que las experiencias de nuestros antepasados se heredan a través del ADN

Vamos a plantear una pregunta con cierta ingenuidad: ¿cómo sabe el ADN humano dónde colocar sus piezas para crear exactamente un ser humano particular?
No hablamos de un individuo de la especie humana sino a una persona concreta, hijo o hija de ciertos padres, descendiente de cierta genealogía. De primera impresión podríamos pensar que la naturaleza trabaja sobre un cuadro básico de ingredientes, los cuales apenas sufren modificaciones a lo largo del tiempo. Pero según la investigación de un par de biólogos canadienses, las historias de vida (hábitos, estados emocionales, traumas psicológicos) de nuestros descendientes modifican y otorgan a nuestro material genético un grado extra de precisión.
 La historia resumida comienza así: un neurólogo y un biólogo entran a un bar, toman un par de tragos y hablan con ligereza de sus respectivas líneas de investigación –al salir han creado un nuevo campo de la genética. Aunque no lo crean, esto es lo que les ocurrió en un bar de Madrid a Moshe Szyf (biólogo molecular y genetista de la McGill University en Montréal) y a su amigo Michael Meaney, neurobiólogo de la misma universidad.
Desde la década de los 70, los genetistas saben que el núcleo de las células utiliza un componente estructural de las moléculas orgánicas, el metilo, para saber qué piezas de información hacen qué –por decirlo así, el metilo ayuda a la célula a decidir si será una célula del corazón, del hígado o una neurona. El grupo metilo opera cerca del código genético, pero no es parte de él. Al campo de la biología que estudia estas relaciones se le llama epigenética, pues a pesar de que se estudian fenómenos genéticos, estos ocurren propiamente alrededor del ADN.
Los científicos creían que los cambios epigenéticos se producían sólo durante la etapa del desarrollo fetal, pero posteriores estudios demostraron que de hecho algunos cambios en el ADN adulto podían resultar en ciertos tipos de cáncer. En ocasiones los grupos metilo se ajustan al ADN debido a cambios en la dieta o a la exposición a ciertas sustancias; sin embargo, el verdadero descubrimiento comenzó cuando Randy Jirtle de la Universidad de Duke demostró que estos cambios podían ser transmitidos de generación en generación.
Si esta jerga genetista es ardua para algunos, digamos que Szyf y Meaney simplemente desarrollaron una innovadora hipótesis mientras tomaban un par de cervezas: si la alimentación y los químicos podían producir cambios epigenéticos, ¿era posible que experiencias como el estrés o el abuso de drogas también pudieran producir cambios epigenéticos en el ADN de las neuronas? Esta pregunta fue el punto de partida para un nuevo campo en el estudio de la genética: la epigenética conductual.
Según este nuevo enfoque, las experiencias traumáticas de nuestro pasado así como las de nuestros ancestros inmediatos dejan una suerte de heridas moleculares adheridas a nuestro ADN. Cada raza y cada pueblo, así, llevaría inscrito en su código genético la historia de su cultura: los judíos y la Shoah, los chinos y la Revolución Cultural, los rusos y los GULAG, los inmigrantes africanos cuyos padres fueron perseguidos en el sur de Estados Unidos, o bien una infancia de maltratos y padres abusivos –todas las historias que podamos imaginar están influídas por nuestros antecesores.
Desde este punto de vista, las experiencias de nuestros ancestros modelan nuestra propia experiencia de mundo no solamente a través de la herencia cultural sino a través de la herencia genética. El ADN no cambia propiamente, pero las tendencias psicológicas y de comportamiento se heredan: así, puede que no sólo tengas los ojos de tu abuelo, sino también su mal carácter y su tendencia a la depresión.
Así como la magia y las terapias psicodramáticas afirman que para curar a una persona es preciso revisar su árbol genealógico, la genética actual comienza a abrirse paso en un nuevo campo que podría hacer que las “maldiciones familiares” sean cosa del pasado.
Edgar Mendizabal

lunes, 16 de noviembre de 2015

Abordaje de conflicto

El conflicto

Conflicto La Real Academia Española da distintas acepciones al término conflicto: Combate, pelea, lucha.
También: apuro, situación desgraciada y de difícil solución o esta otra: problema, cuestión, materia de discusión.
En todos los casos se refiere a una confrontación, sea ésta física o psicológica; el origen está siempre relacionado con que las partes involucradas en una desavenencia quieren lo mismo (y, a veces, al mismo tiempo) y creen que les corresponde.
Citaremos, a continuación, algunas definiciones de distintos autores, que nos permitirán ir acercándonos paulatinamente a nuestro objeto de estudio:

Forsyth, en referencia al conflicto en un grupo, dice “las acciones o creencias de uno o más miembros del grupo son inaceptables, y por lo tanto resistidas, por uno o más miembros de otro grupo”

Pruitt y Rubbin lo plantean del siguiente modo: “divergencias percibidas de intereses o creencias, que hace que las aspiraciones corrientes de las partes no puedan ser alcanzadas simultáneamente”.

Rummel (1976), en su análisis, considera “conflicto como el choque del poder que se manifiesta en la búsqueda de todas las cosas”.

Sara Cobb: conflicto es un fenómeno discursivo, un proceso que involucra la interacción de historias, una interacción que acaba por ser rotulada como problemática.

Gladys Álvarez y Elena Highton (1995) resumen su punto de vista de esta manera: “el conflicto, caracterizado como divergencia percibida de intereses, surge cuando no parece haber una alternativa disponible que satisfaga las aspiraciones de ambas partes. Esto puede ocurrir porque una o ambas partes tienen altas aspiraciones o porque las alternativas de integración son pocas”.

Edward de Bono (1986) califica al conflicto como”un choque de intereses, valores, acciones o direcciones. El conflicto se refiere a la existencia del mencionado choque.
La palabra conflicto es aplicable a partir del momento en que el choque ocurre.
Incluso cuando decimos que existe un conflicto potencial damos por sentado que ya hay un conflicto de dirección aunque el choque todavía no haya ocurrido”.

Morton Deutsch: “el conflicto existe siempre que aparezcan actividades incompatibles y... una acción que es incompatible con otra impida, obstruya, interfiera y lesione o de alguna forma haga que ésta última tenga menos posibilidades de ser efectiva”.

Hasta aquí hemos trascripto algunas definiciones del concepto conflicto, que se basan en los distintos intentos de encontrar una transformación del mismo que no sea ejerciendo el poder (por ejemplo, desplegando de alguna manera la fuerza de cualquier índole) o a través del recurso judicial.
A partir de estas definiciones, podríamos comenzar a trabajar otra que integre las diversas orientaciones sobre el concepto que nos ocupa.

Naturaleza y análisis

Comenzaremos por referirnos al componente denominado Intereses que es aquello que las personas sienten como deseable y necesario. Los intereses más poderosos son las necesidades básicas de los seres humanos. Este elemento suele ser central tanto en el pensamiento como en las acciones de las personas y tiende a conformar el nudo de sus actitudes, intenciones y objetivos.
Existen distintas categorías de Intereses, por el momento mencionaremos los:
Universales: seguridad, identidad, etc.

Antes de que los intereses de las partes sean percibidos como antagónicos, podrían asumir la forma de aspiraciones u objetivos, dicho de otra manera, representaciones de lo que las partes desean alcanzar y para lo que se están esforzando.

Dichas aspiraciones pueden haberse originado, a su vez, en conductas previas de las propias partes o de terceros.

Tenemos los conflictos interpersonales y los intrapersonales. Para estos últimos nos vamos a valer de la segunda tópica freudiana (Yo Ello y Superyo) detallada en el libro de Freiría.

Para los conflictos interpersonales tenemos que tener en cuenta la siguiente clasificación. 

Existen conflictos interpersonales:


a) Grupales
En esta categoría, debemos incluir tanto a los conflictos internos en los grupos, como los que se desarrollan entre distintos grupos enfrentados entre sí.
En la primera división, por ejemplo, se inscriben las disputas por el liderazgo y otros roles que se dan en el seno de casi todos los grupos, solo como ejemplo señalamos desde las desavenencias, hasta las peleas, por el papel que cada integrante juega en el seno de la familia.
En la segunda división nos referimos a los antagonismos, que también suelen ser circunstanciales, como el caso de dos grupos de jóvenes que tienen una disputa puntual, en un ámbito no habitual para ninguna de las dos partes; suelen no ser permanentes.
Para que se desarrolle el conflicto intergrupal es necesario que se experimente “el sentido de grupo” que los aglutine, que les confiera unión o pertenencia.
Es digno de destacar que el apoyo del grupo puede traer como consecuencia que sus integrantes se sientan más confiados acerca de la legitimidad o procedencia de sus aspiraciones; aumentando, así, las posibilidades de conflicto.

b) Sociales
Esta tercera categoría está referida a los enfrentamientos entre sectores antagónicos, por razones culturales, artísticas, gremiales, deportivas, políticas, entre otras, que se despliegan en una sociedad.
En general responden a viejos y fuertes enfrentamientos, por cuestiones de raza, religión, poder o alguna otra cuestión de alto valor para sus integrantes y que incluso involucra su identidad.
Suelen ser permanentes en el tiempo y, por esa razón, afectan la calidad de vida de los afectados, generando en no pocas ocasiones altos niveles de estrés.

c) Internacionales
Son aquellos que se producen entre distintos Estados u organismos de diferentes nacionalidades.
Los participantes deben dar cuenta a terceros de sus actos, están regidos por normas y leyes que constituyen el marco dentro del cual se deben mover.
Los aspectos culturales juegan un papel preponderante, tanto en el origen como en el desenvolvimiento y la solución.

Posibles Causas de conflictos interpersonales

a) Los bienes:
En términos generales, los bienes son cosas tangibles o intangibles o derechos de valor económico: bienes muebles o inmuebles: casas, campos, automóviles, dinero, acciones, marcas, patentes, etc.
Independientemente del valor concreto que poseen los bienes suelen también representar valor simbólico que excede aquella cualidad transable que aparece en la superficie.
Por esa razón, el poder podría incluirse en esta categoría, ya que quien o quienes lo detentan pueden emplearlo para alcanzar bienes materiales o inmateriales con valor de mercado.

b) Los principios:
Esta categoría abarca el campo de valores y de principios abstractos, ideologías, creencias religiosas, parámetros morales, prestigio, cuestiones éticas, etc. Son aspectos de profunda raigambre, susceptibles de generar disputas muy profundas.
Hay que distinguir aquellos conflictos que realmente tienen en juego principios o valores y por lo tanto son muy difíciles de resolver, de aquellos que aparecen en una disputa y, en realidad, no lo son.
En el caso de un verdadero conflicto de valores podríamos encontrarnos con una situación casi dilemática.
Sin embargo aunque se tengan valores disímiles, se puede llegar a acuerdos que satisfagan a todos, sin que nadie tenga que “cambiar” sus convicciones más intimas, cosa obviamente harto difícil y atentatoria contra la libertad y dignidad humanas.
En estos casos, lo que debe primar es el respeto por los valores y creencias del otro.
En nuestro país, donde convivieron y conviven tantas nacionalidades, culturas y religiones distintas, es posible que esa convivencia sea pacífica si se respeta la idiosincrasia de cada uno, sus costumbres, los valores propios de cada comunidad. Cuando esto no se cumple se desata el conflicto y es difícil intervenir porque cada parte posee principios distintos.


c) El territorio:
El territorio, como sinónimo de espacio físico, figura entre las causas principales de los conflictos internacionales. El territorio está ligado a la identidad de un pueblo y es uno de los elementos fundamentales en la Constitución de una Nación.
El problema de los límites comprende tanto valores simbólicos en juego, como ciertos recursos naturales de un país o de una región que pueden resultar vitales para su subsistencia.
También se suelen suscitar disputas internas por el territorio; esto se agrava cuando la división planteada en la geografía política no condice con la división, física, cultural e histórica.
Del mismo, modo denominamos disputas territoriales, en un sentido psicológico o abstracto, a la controversia por los lugares que significan poder o prestigio.
Así como el territorio, en el sentido físico, está ligado a la identidad colectiva, en el sentido psicológico o abstracto está vinculado a la identidad personal.
En este tipo de disputas, muchas veces, el valor en juego es la seguridad, o el prestigio de uno o de todos los contendientes.
Muchas veces, cuando aparecen controversias por cuestiones de principios, solicitud de aumento de las responsabilidades, resistencias burocráticas, en realidad se enmascaran pretensiones de lograr o aumentar el control sobre el territorio.

martes, 27 de octubre de 2015

Psicología y comunicación II

Psicología y Comunicación

La comunicación es el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra, alterando el estado de conocimiento de la entidad receptora.
Los procesos de la comunicación son interacciones mediadas por signos entre al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de los signos y tienen unas reglas semióticas comunes.
Tradicionalmente, la comunicación se ha definido como «el intercambio de sentimientos, opiniones, o cualquier otro tipo de información mediante habla, escritura u otro tipo de señales». Todas las formas de comunicación requieren un emisor, un mensaje y un receptor destinado, pero el receptor no necesita estar presente ni consciente del intento comunicativo por parte del emisor para que el acto de comunicación se realice. En el proceso comunicativo, la información es incluida por el emisor en un paquete y canalizada hacia el receptor a través del medio. Una vez recibido, el receptor decodifica el mensaje y proporciona una respuesta.
Consecuencias de la comunicación: es positiva, cuando el receptor de la misma, interpreta exactamente lo que el emisor le envió; esto quiere decir que utilizaron el mismo canal de comunicación y es el objetivo primordial de la misma. Es negativa, cuando el receptor utiliza un canal de comunicación diferente al del emisor, y es muy frecuente que suceda este tipo de comunicación distorsionada, cuando el receptor no está anclado en la misma línea de comunicación.
El funcionamiento de las sociedades humanas es posible gracias a la comunicación. Ésta consiste en el intercambio de mensajes entre los individuos.
Dijimos que los procesos de la comunicación son interacciones mediadas por signos entre al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de los signos y tienen unas reglas semióticas comunes. Para poder entender un poco más este punto revisaremos el concepto de signo.
El signo: El significante es el que designa algo, mientras que su significado es lo designado. Lacan quiere decir que el pensar está constituido básicamente por significantes que cambian continuamente de significado.
El significado es el concepto que la mente imagina correctamente ante una palabra. El significante es la cadena de sonidos que representa una idea. Parecería ser una relación arbitraria. Ante un significante, un significado. (dibujo de auto –significado – palabra car o auto –significante-). Hay una convención social que nos indica que por ejemplo una casa es una casa y no un perro. Esto nos permite establecer una comunicación efectiva con otros. Así cualquiera de nosotros no podría cambiar un signo arbitrariamente. Debe pasar mucho tiempo para que esto se produzca. En ejemplo son las palabras en otro idioma que se van aceptando, consensuando socialmente (mail, ok).

Problemas de comunicación

Los problemas de comunicación se comienzan a ocasionar cuando estas convenciones sociales son puestas en consideración y por ejemplo un significante no remite a un significado:

Por ejemplo: "un dulce lamentar de dos pastores" pero el interlocutor escucha "un dulce lamen tarde dos pastores". Hay una comunicación fallida: el locutor dice una cosa y el interlocutor dice otra.


El animal y el hombre frente al engaño

Otro tema interesante a pensar es la mentira. Una persona puede engañar a otro como un animal también puede hacerlo. La diferencia entre una persona y un animal es justamente que el animal puede fingir, pero el hombre puede fingir que está fingiendo para engañar a otro. Por ejemplo un animal puede hacerse el muerto (ejemplo) fingiendo estar muerto para que no lo maten. En cambio en el hombre puede fingir estar dormido para que el otro crea que lo está o para que el otro crea que está fingiendo estar dormido. Lo característico de la comunicación humana a diferencia de la animal es que en la comunicación humana existe la posibilidad de que haya un cálculo de un sujeto respecto de otro sujeto capaz de calcular. El hombre puede engañar de esa manera cosa que el animal no puede hacer. Hago que duermo para que el otro piense que estoy dormido o para que el otro piense que me estoy haciendo el dormido. Otro ejemplo es el de los penales. Muchos arqueros señalan un lugar diciendo que se van a tirar ahí, por ejemplo a la derecha. Que piensa el jugador: si me dice que se va a tirar a la derecha se lo pateo a la izquierda y listo. Pero puede estar engañándome, entonces si me dice que se va a tirar a la derecha le pateo el penal a la derecha ya que es lo que el arquero estaría buscando ya que quiere engañarme y me está mintiendo y en realidad el se va a tirar a la izquierda. Pero existe una tercera opción: si me dice que se va a tirar a la derecha es porque quiere que yo crea que me está engañando y que al decirme que se va a tirar a la derecha yo pensaré que en realidad se va a tirar a la izquierda pero no, finalmente se va a tirar a la derecha como el dice. Puede estar diciendo finalmente la verdad para que yo crea que me está engañando y así engañarme efectivamente.

Doble vínculo o doble constreñimiento (Bateson)

Se le conoce como Doble Vínculo o Doble Constreñimiento a la situación comunicativa en la que una persona recibe mensajes diferentes o contradictorios. El término, acuñado por el antropólogo Gregory Bateson, intenta dar cuenta del ataque de esquizofrenia.

La esencia de un doble constreñimiento es el hecho de que hay dos imperativos en conflicto, ninguno de los cuales puede ser ignorado, lo cual deja a la víctima frente a una disyuntiva insoluble, pues cualquiera de las dos demandas que quiera cumplir anula la posibilidad de cumplir con la otra. "Yo debo hacerlo, pero no puedo" es una descripción crítica de una experiencia de doble vínculo: se exige que se resuelva lo que es un problema inevitablemente insoluble.

El mensaje contradictorio puede venir de una o varias personas. Por ejemplo, uno de los padres dando mensajes diferentes, ninguno de los cuales puede ser ignorado, como una madre diciendo una cosa ("¿por qué no puedes mostrarme amor?) y enviando otro mensaje por medios no verbales (alejándose del contacto físico con el niño). Pero hay también situaciones donde varios individuos están envueltos en producir el efecto de doble constreñimiento, por ejemplo un subordinado es asignado con dos tareas diferentes y contradictorias ("dame un café"; "no se supone que tú hagas café, tu tarea es mantenerte ante ese teléfono"), es una situación que presupone dos personas además de la víctima.

Fuente: Wikipedia

Las profecías autocumplidas o autocumplidoras
Las profecías autocumplidas. Aquellas predicciones que, una vez hechas, son las responsables de que sucedan, de que se conviertan en realidad. La historia está llena de ellas. El filósofo K. Popper decía (simplificando mucho) que la profecía del oráculo a Edipo se cumple, precisamente, porque éste la conoce y hace de todo para esquivarla. Es justo lo que hace para esquivarla lo que le acerca al terrible cumplimiento de la predicción.
Las profecías autocumplidas crean una determinada realidad casi como por magia. Y nos envuelve dentro, cayendo en una espiral que suele acabar mal. En palabras de P. Watzlawick, es una magnífica técnica si uno quiere amargarse la vida. Este autor lo narra con sana y fina ironía en su clásico cuento del martillo.

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo.

Pero le asalta una duda:

¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo?

Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí.

¿Qué puede ser?

Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida.

¿Por qué no ha de hacerlo él también?

¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro?

Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo.

Esto ya es el colmo.

Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso:

¡Quédese usted con su martillo, so penco!

El efecto es grandioso y la técnica relativamente sencilla.

Extraído del libro de PAUL WATZLAWICK: El arte de amargarse la vida


La importancia de la comunicación en la constitución subjetiva

El aporte de Berger y Luckman
Partimos de la base de considerar al ser humano como un ser social. Este concepto se desprende en primera instancia de la relación de dependencia a la que se ve “sometido” el ser humano desde el nacimiento, debido a su estado de indefensión como consecuencia a lo que se llama nacimiento prematuro o estado de fetalización del bebé. El cachorro humano, a diferencia de otras especies, termina de formar su sistema nervioso fuera del vientre materno. Así observamos que un cachorro canino tiene en poco tiempo desarrolladas todas las capacidades que tiene un canino adulto. Esta desventaja inicial en el hombre en comparación a otras especies animales, luego se transformará en una ventaja distintiva de la especie humana.
Ahora bien, si hablamos de una dependencia a otros en el ser humano en un momento tan importante como los primeros años de vida, estamos en condiciones de afirmar la importancia de la cultura en la vida de un individuo. Consideramos cultura a un conjunto de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social determinado. Esta cultura opera de alguna manera como ordenadora.

El aporte del psicoanálisis (Jacques Lacan)
En su Seminario V, Jacques Lacan identificará tres tiempos del complejo de Edipo. Recordemos la importancia que tiene este complejo en la constitución subjetiva de las personas (remitirse a las Conferencias sobre psicoanálisis de Freud, vistas en el segundo trimestre).
Echaremos un vistazo a esta versión lacaniana del complejo de Edipo:
Primer tiempo: La importancia del Otro (madre) en la comunicación.
Es interesante poder comenzar sobre un término que utiliza Lacan para ubicar el posicionamiento del hijo con respecto a su madre en los comienzos de esta relación. Este término es súbdito que no es otra cosa que el estar sujeto a una autoridad superior. Y es claramente de lo que se trata. En un principio el niño es un súbdito de su madre.
Es una relación en apariencia de a dos. En este tiempo parece que el padre no tiene mucho que hacer. Podríamos ubicarlo como lo pre-edipico.
En esta primera etapa es la madre la que dará significación a cada llanto del niño. Es la madre la que con sus apariciones y ausencias instalará las primeras simbolizaciones. Y el niño en esta posición de súbdito de la que hicimos referencia hace un rato deseará ser todo para esta madre. Y que mejor manera de ser todo que identificándose al objeto del deseo de esta madre. Lacan nos habla de que el deseo es el deseo del Otro. Estamos en este plano. El niño deseará ser él el deseo de esta madre, ser él el objeto de deseo de esta madre.

Segundo tiempo: Primera aparición del padre. La privación.
Luego vendrán los otros dos tiempos, importantísimos también. Durante el segundo tiempo el padre hace su aparición quitando al niño de este lugar donde se había identificado y tan cómodo quedaba. En este segundo tiempo la privación del padre no solo es para el niño sino también para la madre.
Tercer tiempo: Segunda aparición del padre. Posibilitador.
En un tercer tiempo el padre aparecerá como dador, vendría a ser un padre posibilitador, lo que más adelante conocemos con el nombre de ideal del yo. Con una no se puede pero se puede con todas las demás dirá este padre.

martes, 22 de septiembre de 2015

Psicología y comunicación I

LA ESCRITURA Y SU PROCESO DE COMUNICACIÓN

Desde sus inicios, el hombre ha intentado encontrar la mejor manera de hacerse entender y expresar sus sentimientos; la búsqueda no ha sido fácil, le tomó muchos años encontrar una manera gráfica de comunicarse.

La comunicación y su proceso de escritura, tiene una gran importancia en la vida actual, se encuentra presente en cada momento de nuestras vidas, hacia donde giremos encontraremos mensajes escritos; en la televisión, en el diario, en las señales de tránsito, en los libros, etc. No sólo se tratan de palabras, sino también de gráficos llenos de color y significado. Para que los mensajes escritos sean eficientes es necesario seguir una serie de reglas ortográficas, gramaticales y estructuras que son la base del sistema lingüístico.

Para entender su importancia debemos conocer el origen del sistema de escritura que empleamos en el presente, descubrir cómo surgen estos signos que llamamos letras y su empleo en sílabas que se traducen en sonidos.

En la era primitiva, a partir del paleolítico, el homo sapiens plasmaba sobre las paredes de las cavernas lo que veía en su entorno natural como parte de un rito mágico con el fin de influir en los fenómenos naturales. Es la primera forma de expresión gráfica del hombre en la cual se puede apreciar la importancia que tenía la fertilidad en la vida primitiva, pues mayormente trazaban figuras de animales preñados o imágenes anatómicamente humanas, la antigua técnica rupestre, utilizaba pigmentos extraídos de la tierra, de diferentes minerales triturados, y el carbón, mezclados en una concha marina con grasa animal, clara de huevo, resina o sangre; se aplicaban con pinceles hechos de ramitas o una sola rama.

La comunicación escrita aporta muchos beneficios a nuestra vida cotidiana, su presencia constante la ha convertido en un factor tan común que ni nos damos cuenta de ella. Facilita la existencia humana, educa, informa, comunica de manera directa, traduce otros idiomas y muchas otras funciones. Los que estudian comunicación relacionarán esto con la función que los medios masivos deben cumplir; de eso se trata precisamente. La escritura es una técnica que sólo algunos saben dominarla a la perfección, se trata de una profesión muy valorada en la sociedad, además muy útil y necesaria.

Los mensajes gráficos, ya sean por medio de ideogramas, o a través de signos codificados o palabras, siempre han influido de manera asombrosa en las personas. Los caracteres conformados en un conjunto dan significado a ideas, pensamientos, tradiciones y eventos, marcando su trascendencia.

Los medios escritos han revolucionado, ya no sólo importa el significado de los gráficos, si no que tienen que detallar el color, el tamaño, el tipo, el fondo, la alineación de las letras con otras, etc., con el fin de aumentar la eficacia del mensaje emitido.

La palabra es capaz de cambiar al mundo, por el efecto masivo que ocasiona, lo que conocemos, muchas veces lo conocemos por ella, aquel que sabe utilizar la palabra, puede ser quien sea cuando sea, vivir en el mundo real o en uno de fantasía, ser un poeta o un periodista es un don o un privilegio.

Para concluir se puede decir que en la actualidad, la comunicación visual se ha convertido en un objeto de estudio debido a que han descubierto la magnificencia y el poder de la escritura como forma de expresión visual para darle lugar y forma a la escritura y así poderla comunicar a las demás personas.

El texto es "cualquier comunicación que se haya realizado en un determinado sistema de signos".


EL TEXTO

DEFINICION: El texto es una unidad lingüística formada por un conjunto de anunciados que tienen una intención comunicativa y que están internamente estructurados. En otras palabras un texto es un entramado de signos con una intención comunicativa que adquiere sentido en un determinado contexto.

Un texto está formado por párrafos y los párrafos están formados por oraciones. Para que un conjunto de anunciados puedan ser considerados como un texto es necesario una serie de relaciones semánticas y gramaticales entre sus elementos de manera que el destinario pueda interpretarlo como una unidad.

El texto es el resultado por un acto de comunicación cuya intención y carácter dependen de la intención del hablante, la intención puede ser:

· Comunicativa: voluntad de transmitir una información.
· Elocutiva: deseo de lograr un determinado efecto.

El proceso de la comunicación lingüística

El lenguaje es parte de la cultura de una comunidad (como las costumbres, la religión, la vestimenta); un bien cultural que cumple múltiples funciones en el desarrollo de la humanidad. El lenguaje le permite al hombre comunicarse con sus semejantes, expresar sus sentimientos, reflexionar acerca del mundo que lo rodea, comprender la realidad, perpetuarse a través del tiempo mediante los relatos orales, las creaciones literarias, las narraciones de cronistas e historiadores.

Ser instrumento para la comunicación humana es, entonces, una de las tantas funciones que cumple el lenguaje.

Pero aunque esta posibilidad de comunicación parezca "natural", es decir, espontánea, no aprendida, no es realmente así. Desde niños utilizamos el lenguaje sin detenernos en él, sin pensar en las palabras que empleamos, pero a medida que pasa el tiempo y nos convertimos en adultos la vida de relación nos coloca en situaciones de comunicación nuevas y más complejas: debemos tratar con personas que no conocemos, solicitar trabajo, asistir a las reuniones escolares de nuestros hijos, realizar trámites en instituciones comerciales o bancarias o, como le está sucediendo a usted en este momento, emprender el estudio de distintas áreas (como física, matemática, historia), realizar actividades escritas y orales, dialogar con su docente tutor acerca de las experiencias de su aprendizaje.

Por todo esto, consideramos que es el momento de detenerse en el lenguaje y revisar el modo en que se utiliza en la comunicación.

Para ello se deben tener en cuenta algunas cuestiones básicas por las que comenzaremos a estudiar.

Los factores de la comunicación
En todo acto de comunicación lingüística intervienen una serie de factores que debemos considerar para que ese acto de comunicación sea eficaz. Observe el siguiente ejemplo:

Estas palabras constituyen un acto de comunicación lingüística: alguien emplea el lenguaje a fin de transmitir a otro una cierta idea o concepto. Quien emplea el lenguaje es el emisor (que también puede recibir otras denominaciones como usted verá más adelante); el que recibe el mensaje, es decir, a quien va dirigido es el receptor o destinatario. En este caso, aunque no esté nombrado, podemos inferir que el emisor es la maestra o el profesor (por el modo de expresarse, por lo que dice y por la mención directa del destinatario "chicos") que se dirige a sus alumnos para darles indicaciones acerca de su conducta en clase.

Chicos, si esto sigue así tendré que hablar con la directora. Mientras les explico en clase, no deben hablar entre ustedes ni molestarse.
Hay mensajes en los que se nombra explícitamente a los participantes del acto comunicativo y otros en que no se nombran pero pueden inferirse (como el emisor del ejemplo anterior) por la forma del mensaje, las palabras empleadas, el tema tratado.

El emisor tiene en cuenta a quién va dirigido su mensaje para adecuarlo a él pues no es lo mismo hablar con un amigo que hacerlo con una autoridad, dirigirse a alguien que conoce del tema o a alguien que lo desconoce; a la vez, el destinatario posee ciertas expectativas acerca de los que puede decirle el emisor del mensaje, espera de ese emisor cierta forma de expresarse, de dirigirse a él.

Es necesario, entonces, que el lenguaje empleado se adecue a esa relación entre el emisor y el destinatario del mensaje para que la comunicación sea efectiva.

No sólo el emisor y el receptor forman parte de la comunicación, también será necesario elegir el código o sistema de signos que va a emplearse.

Las señales de tránsito, el sistema Morse, las señales marinas constituyen códigos, es decir, sistemas de signos que se utilizan para la comunicación. Los mensajes que hemos reproducido en esta unidad utilizan el lenguaje articulado o hablado que es el código más rico y adecuado para la comunicación humana.

El código empleado debe ser compartido por emisor y receptor, es decir, ambos deben hablar "el mismo idioma", conocer sus estructuras, sus reglas, las normas que rigen el armado de las frases, el repertorio de posibilidades de que dispone para combinar sus elementos.

Ud. ha realizado la búsqueda en el material impreso que compone el módulo, es decir, hemos logrado comunicarle ideas, conceptos, nociones a través de un recurso material que son las palabras impresas en el papel. Esta comprobación nos permite avanzar en el estudio de la comunicación pues nos encontramos con otro de los factores que intervienen en la comunicación: el canal, es decir, el medio físico que permite la transmisión del mensaje.

Cuando empleamos como código el lenguaje podemos utilizar un canal oral o un canal escrito. Es importante tener en cuenta ese aspecto porque el código oral y el código escrito son diferentes. Por ejemplo, un mensaje como éste "Alcánzame esos libros, los que están allá arriba" sólo podría ser posible en una situación de oralidad en que ambos interlocutores están presentes.

No es lo mismo hablar que escribir y nadie habla como escribe ni escribe como habla.
La comunicación oral nos ofrece recursos que desaparecen en la escritura: el tono de voz, los ademanes y gestos, la referencia a lo que nos rodea (cuando la comunicación es presencial), las reacciones del interlocutor quien a través de gestos o palabras nos indica si nos ha comprendido o si está de acuerdo o no con lo que decimos. Por eso, cuando hablamos, es frecuente que no completemos las frases o que las interrumpamos en la mitad pues contamos con las señales de nuestro interlocutor para saber que ya nos ha entendido y no es necesario seguir hablando o porque él nos interrumpe con sus reflexiones. También cuando hablamos solemos rectificarnos, corregirnos en la mitad porque nos equivocamos o dudamos ya que no nos hemos detenido a armar la frase sino que nuestras palabras van surgiendo espontáneamente, siguiendo el hilo de nuestro pensamiento.

En la escritura, en cambio, generalmente no contamos con esos recursos, es decir, con la presencia del otro que nos orienta acerca de lo que estamos escribiendo, de modo que nuestro lenguaje debe ser más explícito a fin de evitar los malos entendidos producto de una información incompleta o ambigua. Por eso, cuando escribimos nos preocupamos por el armado de las frases o por elegir las palabras o el orden que le vamos a dar a los conceptos, actividades que podemos hacer pues tenemos más tiempo para pensar.

Así tenemos dos variantes extremas determinadas por el canal: la comunicación oral en que el emisor y el receptor están cara a cara, como por ejemplo en una conversación de dos amigos en la mesa de un café, y la comunicación escrita en que el emisor y el receptor están lejos en el espacio y en el tiempo, es decir no están en el mismo lugar y el mensaje no llega inmediatamente, como cuando leemos el diario o recibimos una carta por correo.

Pero entre estos dos extremos existen múltiples variantes. Así, hay situaciones orales en que el emisor y el receptor están distantes como cuando hablamos por teléfono o situaciones escritas en que el mensaje llega inmediatamente al receptor como cuando utilizamos el "mail" (el correo electrónico), enviamos mensajes de texto a través del teléfono celular o "chateamos". Estas nuevas tecnologías de la comunicación han modificado los límites entre el lenguaje escrito y el lenguaje oral, estableciendo relaciones nuevas entre ellos que cuestionan la afirmación que usted ha leído más arriba: "nadie escribe como habla ni habla como escribe".

En esta época hay ocasiones en que escribimos como hablamos (por ejemplo en el chat) o hablamos como si escribiéramos (como por ejemplo cuando grabamos el mensaje en nuestro contestador telefónico).

Nuestros mensajes pueden, entonces, tener los rasgos propios de la oralidad pero utilizar un canal o "soporte" escrito y, a la inversa, ser orales pero tener la forma de un texto escrito. De modo que se nos pueden presentar las siguientes variantes:

· Lenguaje oral y canal oral (diálogo cara a cara, conversación telefónica).

· Lenguaje escrito y canal escrito (tratado científico, carta comercial, nota de opinión).

· Lenguaje oral y canal escrito (mensaje de texto en el celular, correo electrónico, chat, recordatorio en la puerta de la heladera).

· Lenguaje escrito y canal oral: conferencia, noticiero radial o televisivo.

En el acto de comunicación lingüística no sólo se trata de que el mensaje resulte adecuado a las identidades del emisor y del receptor, al código elegido y al canal empleado sino que además se trata de transmitir un contenido, ideas, conceptos, para ello es necesario seleccionar del repertorio de la lengua las palabras más adecuadas para decir lo que se quiere decir. Cuando producimos un mensaje es esencial entonces asegurarnos que nuestro interlocutor pueda determinar con precisión a qué nos referimos; reconocer de qué hablamos, de qué trata nuestro texto, es decir, el referente del mensaje a fin de que la comunicación sea efectiva.

Como vimos, todo acto de comunicación por el lenguaje adquiere características particulares que dependen de múltiples factores: del emisor y del destinatario, del tema o referente que se trate, del canal o medio empleado, del código elegido.

Esto es así porque la comunicación no se produce en el vacío sino que es un acto "situado", es decir, se da en determinadas circunstancias, en cierto contexto, en una particular situación comunicativa.

Diariamente participamos en actividades que involucran el uso del lenguaje (como una visita al médico o una cena familiar) o que son ellas mismas un acto lingüístico (leer el diario, responder un cuestionario). Cada una de esas situaciones se caracteriza porque los participantes involucrados desempeñan ciertos roles propios de las circunstancias (vendedor y cliente, alumnos y profesor, padres e hijos; periodista y lector), se requiere el empleo de cierto canal (oral o escrito), se tratan ciertos temas o asuntos (laborales, escolares, familiares) y se desarrolla en determinado ámbito (la calle, la escuela, la oficina).

Los miembros de una comunidad lingüística tienen conocimientos acerca de estas cuestiones y por lo general saben emplear el lenguaje en cada circunstancia porque han incorporado ciertos marcos de referencia, ciertas competencias lingüísticas que les permiten emplear el lenguaje con soltura en la mayoría de las situaciones.

Así el usuario del lenguaje sabe que un mensaje del tipo "Tengo el agrado de dirigirme a Ud." será propio de una carta formal e inapropiado para una charla entre amigos o una carta familiar; que una emisión como "¿Me pasás la sal?" podrá producirse en una comida familiar o entre amigos y no en el consultorio médico.

Si bien por lo general todos sabemos que en cada situación comunicativa se producirán determinados mensajes y no otros, es importante reflexionar acerca de esto para ampliar nuestros saberes en ese ámbito a fin de que frente a nuevas circunstancias podamos desempeñarnos con éxito.

En estos momentos, usted está incorporando nuevos conocimientos provenientes de distintas ciencias que amplían su comprensión del mundo, sus marcos de referencia y le permiten participar en situaciones de comunicación también nuevas (leer textos científicos, interpretar las consignas de las actividades, dialogar con su tutor, revisar sus propias respuestas).

Según la relación entre los hablantes

La relación entre los interlocutores puede ser muy diversa. En un extremo están las relaciones permanentes caracterizadas por la confianza y la cercanía afectiva (como la que hay entre esposos o padres e hijos); en el otro, las relaciones ocasionales con personas a los que no nos une ningún lazo (como la que tenemos con una persona a la que vemos por primera y única vez, por ejemplo, el empleado de un comercio o el pasajero que comparte nuestra espera en la cola del colectivo); pasando por posibilidades intermedias como las relaciones semipermanentes que generan cierta confianza (como la relación entre compañeros de trabajo o entre profesor y alumno) o las relaciones habituales pero breves (como entre el pasajero y el conductor del colectivo o entre el cliente y el kiosquero).

Las diferencias en la relación determinan que empleemos distinto lenguaje para adecuarlo al grado de confianza o a la distancia que guardamos con nuestro interlocutor y al rol que desempeñamos en dicha relación. La variación del lenguaje determinada por la relación entre el emisor y el receptor se denomina registro. Éste puede ser formal o informal.

El registro formal se emplea en las situaciones comunicativas en que los hablantes no se conocen (debemos escribir al gerente de una empresa para que nos solucione un problema) o cuando hay una relación de jerarquía entre ellos (cuando un empleado se dirige a su jefe).

El registro informal se usa entre pares (compañeros de estudio o de trabajo, por ejemplo) y cuando la relación de los hablantes es de confianza (como padres e hijos).

Al cambiar el canal y el registro cambia también el lenguaje.

Observamos entonces, que las variedades determinadas por el canal (oral o escrito) y por el registro (formal o informal) -que ha visto en los ítems según el canal empleado y según la relación entre los hablantes- pueden combinarse dando lugar a cuatro posibilidades:

• Textos orales informales (ejemplo: un consejo de un amigo a otro)


• Textos escritos informales (ejemplo: un recordatorio que la madre pega en la puerta de la heladera)


• Textos orales formales (un pedido de un alumno a su profesor)


• Textos escritos formales (una carta al director de una escuela)

Según la intención y el tipo de texto

En la elección del lenguaje no sólo inciden el canal empleado y la relación entre los participantes, sino también el tipo de texto porque no es lo mismo escribir un aviso clasificado que una carta, hacer una lista de materiales que escribir un poema.

Cada tipo de texto requerirá un uso especial del lenguaje.

También influye la intención del emisor, es decir, qué es lo que éste se propone, pues no se usará el mismo lenguaje para informar que para convencer; para pedir o para explicar.

Los mensajes entonces adquieren características propias de la situación, la relación entre los hablantes, el medio a través del cual se transmiten.

El lenguaje es un elemento esencial de la cultura. Una de sus funciones es servir a la comunicación de los seres humanos. Para que la comunicación sea exitosa se deben tener en cuenta los factores que intervienen en ese proceso:
• El emisor, es decir, el que produce el mensaje, la persona que habla o escribe.

• El receptor, es decir, el destinatario, aquél a quien va dirigido el mensaje.

• El canal, esto es, el medio a través del cual se difunde el mensaje, que puede ser oral o escrito.

• El referente, que es el contenido, es decir, las ideas o los conceptos que transmite el mensaje.

• El mensaje mismo, lo que decimos o escribimos; el texto con todas sus palabras o imágenes.

• El código que empleamos, es decir, el idioma con todas sus variedades (puede ser un dialecto o un lenguaje específico propio de una ciencia).

• La situación comunicativa, es decir, las circunstancias en que empleamos el lenguaje.
Estos factores van a determinar la elección de una variedad del lenguaje y un registro (formal o informal) que estará en concordancia con los participantes del acto de comunicación y la relación entre ellos, la intención o propósito comunicativo, el tipo de texto y el canal empleado.

CONCEPTOS DE COMUNICACIÓN

La comunicación indica la acción mediante la cual lo que era propio y exclusivo de uno viene a ser participado por otros (comunidad).
“Comunicar” es algo más que informar, es INFORMAR Y SIGNIFICAR. Es hacer, compartir ideas y sentimientos a un receptor que no es pasivo ni indiferente. Es un elemento constitutivo e inescindible de lo social y cultural,

En el proceso de comunicación tiene que haber un mínimo de interacción ya que si no hay alguien que la escuche o la perciba NO HAY COMUNICACIÓN, por lo tano podemos decir que la comunicación es social.

Comprende 2 principios metodológicos:

1) No hay sociedad sin comunicación.

2) La sociedad es una macroestructura, un macrosistema comunicacional, compuesto por diversos subsistemas que convergen en un sistema global (medios, educación, gobierno, etc.)