Señoras y señores: Ahora demandarán ustedes saber lo que con ayuda del ya descrito medio técnico hemos averiguado acerca de los complejos patógenos y mociones de deseo reprimidas de los neuróticos.
Pues bien; una cosa sobre todas: La investigación psicoanalítica reconduce con una regularidad asombrosa los síntomas patológicos a impresiones de la vida amorosa de los enfermos; nos muestra que las mociones de deseo patógenas son de la naturaleza de unos componentes pulsionales eróticos, y nos constriñe a suponer que debe atribuirse a las perturbaciones del erotismo la máxima significación entre los influjos que llevan a la enfermedad, y ello, además, en los dos sexos.
Sé que esta aseveración no se me creerá fácilmente. Aun investigadores que siguen con simpatía mis trabajos psicológicos se inclinan a opinar que yo sobrestimo la contribución etiológica de los factores sexuales, y me preguntan por qué excitaciones anímicas de otra índole no habrían de dar ocasión también a los descritos fenómenos de la represión y la formación sustitutiva. Ahora bien, yo puedo responder: No sé por qué no habrían de hacerlo, y no tengo nada que oponer a ello; pero la experiencia muestra que no poseen esa significación, que a lo sumo respaldan el efecto de los factores sexuales, mas sin poder sustituirlos nunca. Es que yo no he postulado teóricamente ese estado de las cosas; en los Estudios sobre la histeria, que en colaboración con el doctor Josef Breuer publiqué en 1895, yo aún no sostenía ese punto de vista: debí abrazarlo cuando mis experiencias se multiplicaron y penetraron con mayor profundidad en el asunto. Señores: Aquí, entre ustedes, se encuentran algunos de mis más cercanos amigos y seguidores, que me han acompañado en este viaje a Worcester. Indáguenlos, y se enterarán de que todos ellos descreyeron al comienzo por completo de esta tesis sobre la significación decisiva de la etiología sexual, hasta que sus propios empeños analíticos los compelieron a hacerla suya.
El convencimiento acerca de la justeza de la tesis en cuestión no es en verdad facilitado por el comportamiento de los pacientes. En vez de ofrecer de buena gana las noticias sobre su vida sexual, por todos los medios procuran ocultarlas. Los hombres no son en general sinceros en asuntos sexuales. No muestran con franqueza su sexualidad, sino que gastan una espesa bata hecha de... tejido de embuste para esconderla, como si hiciera mal tiempo en el mundo de la sexualidad. Y no andan descaminados; en nuestro universo cultural ni el sol ni el viento son propicios para el quehacer sexual; en verdad, ninguno de nosotros puede revelar francamente su erotismo a los otros. Pero una vez que los pacientes de ustedes reparan en que pueden hacerlo sin embarazo en el tratamiento, se quitan esa cáscara de embuste y sólo entonces están ustedes en condiciones de formarse un juicio sobre el problema en debate. Por desdicha, tampoco los médicos gozan de ningún privilegio sobre las demás criaturas en su personal relación con las cuestiones de la vida sexual, y muchos de ellos se encuentran prisioneros de esa unión de gazmoñería y concupiscencia que gobierna la conducta de la mayoría de los «hombres de cultura» en materia de sexualidad.
Permítanme proseguir ahora con la comunicación de nuestros resultados. En otra serie de casos, la exploración psicoanalítica no reconduce los síntomas, es cierto, a vivencias sexuales, sino a unas traumáticas, triviales. Pero esta diferenciación pierde valor por otra circunstancia. El trabajo de análisis requerido para el radical esclarecimiento y la curación definitiva de un caso clínico nunca se detiene en las vivencias de la época en que se contrajo la enfermedad, sino que se remonta siempre hasta la pubertad y la primera infancia del enfermo, para tropezar, sólo allí, con las impresiones y sucesos que comandaron la posterior contracción de la enfermedad. Unicamente las vivencias de la infancia explican la susceptibilidad para posteriores traumas, y sólo descubriendo y haciendo concientes estas huellas mnémicas por lo común olvidadas conseguimos el poder para eliminar los síntomas. Llegamos aquí al mismo resultado que en la exploración de los sueños, a saber, que las reprimidas, imperecederas mociones de deseo de la infancia son las que han prestado su poder a la formación de síntoma, sin lo cual la reacción frente a traumas posteriores habría discurrido por caminos normales. Pues bien, estamos autorizados a calificar de sexuales a todas esas poderosas mociones de deseo de la infancia.
Ahora con mayor razón estoy seguro de que se habrán asombrado ustedes. « ¿Acaso existe una sexualidad infantil? », preguntarán; «¿No es la niñez más bien el período de la vida caracterizado por la ausencia de la pulsión sexual?». No, señores míos; ciertamente no ocurre que la pulsión sexual descienda sobre los niños en la pubertad como, según el Evangelio, el Demonio lo hace sobre las marranas. El niño tiene sus pulsiones y quehaceres sexuales desde el comienzo mismo, los trae consigo al mundo, y desde ahí, a través de un significativo desarrollo, rico en etapas, surge la llamada sexualidad normal del adulto. Ni siquiera es difícil observar las exteriorizaciones de ese quehacer sexual infantil; más bien hace falta un cierto arte para omitirlas o interpretarlas erradamente.
Por un favor del destino estoy en condiciones de invocar para mis tesis un testimonio originario del medio de ustedes. Aquí les muestro el trabajo de un doctor Sanford Bell, publicado en la American Journal of Psychology en 1902. El autor es miembro de la Clark University, el mismo instituto en cuyo salón de conferencias nos encontramos. En este trabajo, titulado «A Preliminary Study of the Emotion of Love between the Sexes» y aparecido tres años antes de mis Tres ensayos de teoría sexual [ 1905d], el autor dice exactamente lo que acabo de exponerles: «The emotion of sex-love ( ... ) does not make its appearance for the first time at the period of adolescence, as has been thought». (ver nota) Como diríamos en Europa, él trabajó al estilo norteamericano, reuniendo no menos de 2.500 observaciones positivas en el curso de 15 años, de las que 800 son propias. Acerca de los signos por los que se dan a conocer esos enamoramientos, expresa: «Tbe unprejudiced mind, in observing these manifestations in hundreds of couples of children, cannot escape referring them to sex origin. The most exacting mind is satisfied when to these observations are added the confessions of those who have, as children, experienced the emotion to a marked degree of intensity, and whose memories ol childhood are relatively distinct». (ver nota) Pero lo que más sorprenderá a aquellos de ustedes que no quieran creer en la sexualidad infantil será enterarse de que, entre estos niños tempranamente enamorados, no pocos se encuentran en la tierna edad de tres, cuatro y cinco años.
No me extrañaría que creyeran ustedes más en estas observaciones de su compatriota que en las mías. Hace poco yo mismo he tenido la suerte de obtener un cuadro bastante completo de las exteriorizaciones pulsionales somáticas y de las producciones anímicas en un estadio temprano de la vida amorosa infantil, por el análisis de un varoncito de cinco años, aquejado de angustia, que su propio padre emprendió con él siguiendo las reglas del arte. (ver nota) Y puedo recordarles que hace pocas horas mi amigo, el doctor Carl G. Jung, les expuso en esta misma sala la observación de una niña aún más pequeña, que a raíz de igual ocasión que mi paciente -el nacimiento de un hermanito- permitió colegir con certeza casi las mismas mociones sensuales, formaciones de deseo y de complejo. (ver nota) No desespero, pues, de que se reconcilien ustedes con esta idea, al comienzo extraña, de la sexualidad infantil; quiero ponerles aún por delante el ejemplo de Eugen Bleuler, psiquiatra de Zurich, quien hace apenas unos años manifestaba públicamente «no entender mis teorías sexuales», y desde entonces ha corroborado la sexualidad infantil en todo su alcance por sus propias observaciones. (ver nota)
Es fácil de explicar el hecho de que la mayoría de los hombres, observadores médicos u otros, no quieran saber nada de la vida sexual del niño. Bajo la presión de la educación para la cultura han olvidado su propio quehacer sexual infantil y ahora no quieren que se les recuerde lo reprimido. Obtendrían otros convencimientos si iniciaran la indagación con un autoanálisis, una revisión e interpretación de sus recuerdos infantiles.
Abandonen la duda y procedan conmigo a una apreciación de la sexualidad infantil desde los primeros años de vida. (ver nota)
La pulsión sexual del niño prueba ser en extremo compuesta, admite una descomposición en muchos elementos que provienen de diversas fuentes. Sobre todo, es aún independiente de la función de la reproducción, a cuyo servicio se pondrá más tarde. Obedece a la ganancia de diversas clases de sensación placentera, que, de acuerdo con ciertas analogías y nexos, reunimos bajo el título de placer sexual. La principal fuente del placer sexual infantil es la apropiada excitación de ciertos lugares del cuerpo particularmente estimulables: además de los genitales, las aberturas de la boca, el ano y la uretra, pero también la piel y otras superficies sensibles. Como en esta primera fase de la vida sexual infantil la satisfacción se halla en el cuerpo propio y prescinde de un objeto ajeno, la llamamos, siguiendo una expresión acuñada por Havelock Ellis, la fase del autoerotismo. Y denominamos «zonas erógenas» a todos los lugares significativos para la ganancia de placer sexual. El chupetear o mamar con fruición de los pequeñitos es un buen ejemplo de una satisfacción autoerótica de esa índole, proveniente de una zona erógena; el primer observador científico de este fenómeno, un pediatra de Budapest de nombre Lindner, ya lo interpretó correctamente como una satisfacción sexual y describió de manera exhaustiva su paso a otras formas, superiores, del quehacer sexual. (ver nota) Otra satisfacción sexual de esta época de la vida es la excitación masturbatoria de los genitales, que tan grande significación adquiere para la vida posterior y que muchísimos individuos nunca superan del todo. junto a estos y otros quehaceres autoeróticos, desde muy temprano se exteriorizan en el niño aquellos componentes pulsionales del placer sexual, o, como preferiríamos decir, de la libido, que tienen por premisa una persona ajena en calidad de objeto. Estas pulsiones se presentan en pares de opuestos, como activas y pasivas; les menciono los exponentes más importantes de este grupo: el placer de infligir dolor (sadismo) con su correspondiente {Gegenspiel} pasivo (masoquismo), y el placer de ver activo y pasivo; del primero de estos últimos se ramifica más tarde el apetito de saber, y del segundo, el esfuerzo que lleva a la exhibición artística y actoral. Otros quehaceres sexuales del niño caen ya bajo el punto de vista de la elección de objeto, cuyo asunto principal es una persona ajena que debe su originario valor a unos miramientos de la pulsión de autoconservación. Ahora bien, la diferencia de los sexos no desempeña todavía, en este período infantil, ningún papel decisivo; así, pueden ustedes atribuir a todo niño, sin hacerle injusticia, una cierta dotación homosexual.
Esta vida sexual del niño, abigarrada, rica, pero disociada, en que cada una de las pulsiones se procura su placer con independencia de todas las otras, experimenta una síntesis y una organización siguiendo dos direcciones principales, de suerte que al concluir la época de la pubertad las más de las veces queda listo, plasmado, el carácter sexual definitivo del individuo. Por una parte, las pulsiones singulares se subordinan al imperio de la zona genital, por cuya vía toda la vida sexual entra al servicio de la reproducción, y la satisfacción de aquellas conserva un valor sólo como preparadora y favorecedora del acto sexual en sentido estricto. Por otra parte, la elección de objeto esfuerza hacia atrás al autoerotismo, de modo que ahora en la vida amorosa todos los componentes de la pulsión sexual quieren satisfacerse en la persona amada. Pero no a todos los componentes pulsionales originarios se les permite participar en esta conformación definitiva de la vida sexual. Aún antes de la pubertad se imponen, bajo el influjo de la educación, represiones en extremo enérgicas de ciertas pulsiones, y se establecen poderes anímicos, como la vergüenza, el asco, la moral, que las mantienen a modo de unos guardianes. Cuando luego, en la pubertad, sobreviene la marea de la necesidad sexual, halla en esas formaciones anímicas reactivas o de resistencia unos diques que le prescriben su discurrir por los caminos llamados normales y le imposibilitan reanimar las pulsiones sometidas a la represión. Son sobre todo las mociones placenteras coprófilas de la infancia, vale decir las que tienen que ver con los excrementos, las afectadas de la manera más radical por la represión; además, la fijación a las personas de la elección primitiva de objeto.
Señores: Una proposición de la patología general nos dice que todo proceso de desarrollo conlleva los gérmenes de la predisposición patológica, pues puede ser inhibido, retardado, o discurrir de manera incompleta. Lo mismo es válido para el tan complejo desarrollo de la función sexual. No todos los individuos lo recorren de una manera tersa, y entonces deja como secuela o bien anormalidades o unas predisposiciones a contraer enfermedad más tarde por el camino de la involución (regresión). Puede suceder que no todas las pulsiones parciales se sometan al imperio de la zona genital; si una de aquellas pulsiones ha permanecido independiente, se produce luego lo que llamamos una perversión y que puede sustituir la meta sexual normal por la suya propia. Dijimos ya que es harto frecuente que el autoerotismo no se supere del todo, de lo cual son testimonio después las más diversas perturbaciones. La igual valencia originaria de ambos sexos como objetos sexuales puede conservarse, de lo cual resulta en la vida adulta una inclinación al quehacer homosexual, que en ciertas circunstancias puede acrecentarse hasta la homosexualidad exclusiva. Esta serie de perturbaciones corresponde a las inhibiciones directas en el desarrollo de la función sexual; comprende las perversiones y el no raro infantilismo general de la vida sexual.
La predisposición a las neurosis deriva de diverso modo de un deterioro en el desarrollo sexual. Las neurosis son a las perversiones como lo negativo a lo positivo: en ellas se rastrean, como portadores de los complejos y formadores de síntoma, los mismos componentes pulsionales que en las perversiones, pero producen sus efectos desde lo inconciente; por tanto, han experimentado una represión, pero, desafiándola, pudieron afirmarse en lo inconciente. El psicoanálisis nos permite discernir que una exteriorización hiper-intensa de estas pulsiones en épocas muy tempranas lleva a una suerte de fijación parcial que en lo sucesivo constituye un punto débil dentro de la ensambladura de la función sexual. Sí el ejercicio de la función sexual normal en la madurez tropieza con obstáculos, se abrirán brechas en la represión {esfuerzo de desalojo y suplantación} de esa época de desarrollo justamente por los lugares en que ocurrieron las fijaciones infantiles.
Ahora quizá objeten ustedes: Pero no todo eso es sexualidad. Yo uso esa expresión en un sentido mucho más lato que aquel al que ustedes están habituados a entenderla. Se los concedo. Pero cabe preguntar si no sucede más bien que ustedes la emplean en un sentido demasiado estrecho cuando la limitan al ámbito de la reproducción. Así sacrifican la comprensión de las perversiones, el nexo entre perversión, neurosis y vida sexual normal, y se incapacitan para discernir en su verdadero significado los comienzos, fáciles de observar, de la vida amorosa somática y anímica de los niños. Pero cualquiera que sea la decisión de ustedes sobre el uso de esa palabra, retengan que el psicoanalista entiende la sexualidad en aquel sentido pleno al que uno se ve llevado por la apreciación de la sexualidad infantil.
Volvamos otra vez sobre el desarrollo sexual del niño. Nos resta mucho por pesquisar porque habíamos dirigido nuestra atención más a las exteriorizaciones somáticas que a las anímicas de la vida sexual, La primitiva elección de objeto del niño, que deriva de su necesidad de asistencia, reclama nuestro ulterior interés. Primero apunta a todas las personas encargadas de su crianza, pero ellas pronto son relegadas por los progenitores. El vínculo del niño con ambos en modo alguno está exento de elementos de coexcitación sexual, según el testimonio coincidente de la observación directa del niño y de la posterior exploración analítica. El niño toma a ambos miembros de la pareja parental, y sobre todo a uno de ellos, como objeto de sus deseos eróticos. Por lo común obedece en ello a una incitación de los padres mismos, cuya ternura presenta los más nítidos caracteres de un quehacer sexual, si bien inhibido en sus metas. El padre prefiere por regla general a la hija, y la madre al hijo varón; el niño reacciona a ello deseando, el hijo, reemplazar al padre, y la hija, a la madre. Los sentimientos que despiertan en estos vínculos entre progenitores e hijos, y en los recíprocos vínculos entre hermanos y hermanas, apuntalados en aquellos, no son sólo de naturaleza positiva y tierna, sino también negativa y hostil. El complejo así formado está destinado a una pronta represión, pero sigue ejerciendo desde lo inconciente un efecto grandioso y duradero. Estamos autorizados a formular la conjetura de que con sus ramificaciones constituye el complejo nuclear de toda neurosis, y estamos preparados para tropezar con su presencia, no menos eficaz, en otros campos de la vida anímica. El mito del rey Edipo, que mata a su padre y toma por esposa a su madre, es una revelación, muy poco modificada todavía, del deseo infantil, al que se le contrapone luego el rechazo de la barrera del incesto. El Hamlet de Shakespeare se basa en el mismo terreno del complejo incestuoso, mejor encubierto. (ver nota)
Hacia la época en que el niño es gobernado por el complejo nuclear no reprimido todavía, una parte significativa de su quehacer intelectual se pone al servicio de los intereses sexuales. Empieza a investigar de dónde vienen los niños y, valorando los indicios que se le ofrecen, colige sobre las circunstancias efectivas más de lo que los adultos sospecharían. Por lo común, la amenaza material que le significa un hermanito, en el que ve al comienzo sólo al competidor, despierta su interés de investigación. Bajo el influjo de las pulsiones parciales activas dentro de él mismo, alcanza cierto número de teorías sexuales infantiles. Por ejemplo, que ambos sexos poseen el mismo genital masculino, que los niños se conciben por el comer y se paren por el recto, y que el comercio entre los sexos es un acto hostil, una suerte de sometimiento. Pero justamente la inmadurez de su constitución sexual y la laguna en sus noticias que le provoca la latencia del canal sexual femenino constriñen al investigador infantil a suspender su trabajo por infructuoso. El hecho de esta investigación infantil, así como las diversas teorías sexuales que produce, conservan valor determinante para la formación de carácter del niño y el contenido de su eventual neurosis posterior.
Es inevitable y enteramente normal que el niño convierta a sus progenitores en objetos de su primera elección amorosa. Pero su libido no debe permanecer fijada a esos objetos primeros, sino tomarlos luego como unos meros arquetipos y deslizarse hacia personas ajenas en la época de la elección definitiva de objeto. El desasimiento del niño respecto de sus padres se convierte así en una tarea insoslayable si es que no ha de peligrar la aptitud social del joven.
Durante la época en que la represión selecciona entre las pulsiones parciales, y luego, cuando debe ser mitigado el influjo de los padres, que había costeado lo sustancial del gasto de esas represiones, incumben al trabajo pedagógico unas tareas que en el presente no siempre se tramitan de manera inteligente e inobjetable.
Señoras y señores: No juzguen que con estas elucidaciones sobre la vida sexual y el desarrollo psicosexual del niño nos hemos alejado demasiado del psicoanálisis y su tarea de eliminar perturbaciones neuróticas. Si ustedes quieren, pueden caracterizar al tratamiento psicoanalítico sólo como una educación retomada para superar restos infantiles.
Blog de la materia "Psicología de la comunicación" de 5to año del Colegio Nuestra Sra. de la Misericordia - CABA - Argentina
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lunes, 15 de agosto de 2016
lunes, 27 de junio de 2016
Sueño: La inyección de Irma ("La interpretación de los sueños" de Sigmund Freud)
LA INYECCION DE IRMA (en la “La interpretación de los
sueños” de Sigmund Freud)
1)
Información preliminar
A principios del verano de 1895 sometí al
tratamiento psicoanalítico a una señora joven, a la que tanto yo como todos los
míos profesábamos una cariñosa amistad. La mezcla de esta relación amistosa con
la profesional constituye siempre para el médico -y mucho
más para el psicoterapeuta- un inagotable venero de inquietudes. Su interés
personal aumenta y, en cambio, disminuye su autoridad. Un fracaso puede enfriar
la antigua amistad que le une a los familiares del enfermo. En este caso
terminó la cura con un éxito parcial: la paciente quedó libre de su angustia
histérica, pero no de todos sus síntomas somáticos. No me hallaba yo por aquel
entonces completamente seguro del criterio que debía seguirse para dar un fin
definitivo al tratamiento de una histeria, y propuse a la paciente una solución
que le pareció inaceptable. Llegaba la época del veraneo, hubimos de
interrumpir el tratamiento en tal desacuerdo. Así las cosas, recibí la visita
de un joven colega y buen amigo mío que había visto a Irma -mi paciente- y a su
familia en su residencia veraniega. Al preguntarle yo cómo había encontrado a
la enferma, me respondió: «Está mejor, pero no del todo.» Sé que estas palabras
de mi amigo Otto, o quizá el tono en que fueron pronunciadas, me irritaron.
Creí ver en ellas el reproche de haber prometido demasiado a la paciente, y
atribuí -con razón o sin ella- la supuesta actitud de Otto en contra mía a la
influencia de los familiares de la enferma, de los que sospechaba no ver con
buenos ojos el tratamiento. De todos modos, la penosa sensación que las
palabras de Otto despertaron en mí no se me hizo muy clara ni precisa, y me
abstuve de exteriorizarla. Aquella misma tarde redacté por escrito el historial
clínico de Irma con el propósito de enviarlo -como para justificarme- al doctor
M., entonces la personalidad que solía dar el tono en nuestro círculo. En la
noche inmediata, más bien a la mañana, tuve el siguiente sueño, que senté por
escrito al despertar y que es el primero que sometí a una minuciosa
interpretación.
2)
Sueño del 23-24 de julio de 1895.
En un amplio hall. Muchos
invitados, a los que recibimos. Entre ellos, Irma, a la que me acerco en
seguida para contestar, sin pérdida de momento, a su carta y reprocharle no
haber aceptado aún la «solución». Le digo: «Si todavía tienes dolores es
exclusivamente por tu culpa.» Ella me responde: «¡Si supieras qué dolores
siento ahora en la garganta, el vientre y el estómago!... ¡Siento una
opresión!...» Asustado, la contemplo atentamente. Está pálida y abotagada.
Pienso que quizá me haya pasado inadvertido algo orgánico. La conduzco junto a
una ventana y me dispongo a reconocerle la garganta. Al principio se resiste un
poco, como acostumbran hacerlo en estos casos las mujeres que llevan dentadura
postiza. Pienso que no la necesita. Por fin, abre bien la boca, y veo a la
derecha una gran mancha blanca, y en otras partes, singulares escaras
grisáceas, cuya forma recuerda al de los cornetes de la nariz. Apresuradamente
llamo al doctor M., que repite y confirma el reconocimiento... El doctor M.
presenta un aspecto muy diferente al acostumbrado: está pálido, cojea y se ha
afeitado la barba... Mi amigo Otto se halla ahora a su lado, y mi amigo
Leopoldo percute a Irma por encima de la blusa y dice: «Tiene una zona de
macidez abajo, a la izquierda, y una parte de la piel, infiltrada, en el hombro
izquierdo» (cosa que yo siento como él, a pesar del vestido). M. dice: «No cabe
duda, es una infección. Pero no hay cuidado; sobrevendrá una disentería y se
eliminará el veneno...» Sabemos también inmediatamente de qué procede la
infección. Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez que se
sintió mal, una inyección con un preparado a base de propil, propilena...,
ácido propiónico.... trimetilamina (cuya fórmula veo impresa en gruesos
caracteres). No se ponen inyecciones de este género tan ligeramente...
Probablemente estaría además sucia la jeringuilla. Este sueño presenta, con
respecto a otros muchos, una ventaja; revela en seguida claramente a qué
sucesos del último día se halla enlazado y cuál es el tema de que se trata. Las
noticias que Otto me dio sobre el estado de Irma y el historial clínico, en
cuya redacción trabajé hasta muy entrada la noche, han seguido ocupando mi
actividad anímica durante el reposo. Sin embargo, por la información preliminar
que antecede y por el contenido del sueño, nadie podría sospechar lo que el
mismo significa. Yo mismo no lo sé todavía. Me asombran los síntomas
patológicos de que Irma se queja en el sueño, pues no son los mismos por los
que hube de someterla a tratamiento. La desatinada idea de administrar a un
enfermo una inyección de ácido propiónico, y las palabras consoladoras del
doctor M. me mueven a risa. El sueño se muestra hacia su fin más oscuro y
comprimido que en su principio. Para averiguar su significado habré de
someterlo a un penetrante y minucioso análisis.
3)
Análisis
Un amplio «hall»; muchos
invitados, a los que recibimos. Durante este verano vivíamos en una villa,
denominada «Bellevue», y situada sobre una de las colinas próximas a Kahlenberg.
Esta villa había sido destinada anteriormente a casino, y tenía, por tanto,
habitaciones de amplitud superior a la corriente. Mi sueño se desarrolló
hallándome en «Bellevue», y pocos días antes del cumpleaños de mi mujer. En la
tarde que le precedió había expresado mi mujer la esperanza de que para su
cumpleaños vinieran a comer con nosotros algunos amigos, Irma entre ellos. Así,
pues, mi sueño anticipa esta situación. Es el día del cumpleaños de mi mujer, y
recibimos en el gran hall de «Bellevue» a nuestros numerosos invitados, entre
los cuales se halla Irma. Reprocho a Irma no haber aceptado aún la «solución».
Le digo: «Si todavía tienes dolores, es exclusivamente por tu culpa.» Esto
mismo hubiera podido decírselo o se lo he dicho realmente en la vida despierta.
Por aquel entonces tenía yo la opinión (que luego hube de reconocer equivocada)
de que mi labor terapéutica quedaba terminada con la revelación al enfermo del
oculto sentido de sus síntomas. Que el paciente aceptara luego o no esta solución
-de lo cual depende el éxito o el fracaso del tratamiento- era cosa por la que
no podía exigírseme responsabilidad alguna. A este error, felizmente
rectificado después, le estoy, sin embargo, agradecido, pues me simplificó la
existencia en una época en la que, a pesar de mi inevitable ignorancia, debía
obtener resultados curativos. Pero en la frase que a Irma dirijo en mi sueño
advierto que ante todo no quiero ser responsable de los dolores que aún la
aquejan. Si Irma tiene exclusivamente la culpa de padecerlos todavía, no puede
hacérseme responsable de ellos. ¿Habremos de buscar en esta dirección el
propósito del sueño? Irma se queja de dolores en la garganta, el vientre y el
estómago, y de una gran opresión. Los dolores de estómago pertenecían al complejo
de síntomas de mi paciente, pero no fueron nunca muy intensos. Más bien se
quejaba de sensaciones de malestar y repugnancia. La opresión o el dolor de
garganta y los dolores de vientre apenas si desempeñaban papel alguno en su
enfermedad. Me asombra, pues, la elección de síntomas realizada en mi sueño y
no me es posible hallar por el momento razón alguna determinante. Está pálida y
abotagada. Mi paciente presenta siempre, por el contrario, una rosada
coloración. Sospecho que se ha superpuesto aquí a ella una tercera persona.
Pienso, con temor, que quizá me haya pasado inadvertida una afección orgánica.
Como fácilmente puede comprenderse, es éste un temor constante del especialista
que apenas ve enfermos distintos de los neuróticos y se halla habituado a atribuir
a la histeria un gran número de fenómenos que otros médicos tratan como de
origen orgánico. Por otro lado, se me insinúan -no sé por qué- ciertas dudas
sobre la sinceridad de mi alarma. Si los dolores de Irma son de origen
orgánico, no me hallo obligado a curarlos. Mi tratamiento no suprime sino los
dolores histéricos. Parece realmente como si desease hubiera existido un error
en el diagnóstico, pues entonces no se me podría reprochar fracaso alguno. La
conduzco junto a una ventana y me dispongo a reconocerle la garganta. Al
principio se resiste un poco, como acostumbran hacerlo en estos casos las
mujeres que llevan dentadura postiza. Pienso que nolo necesita. No he tenido
nunca ocasión de reconocer la cavidad bucal de Irma. El suceso del sueño me recuerda
el reciente reconocimiento de una institutriz, que me había hecho al principio
una impresión de juvenil belleza, y que luego, al abrir la boca, intentó
ocultar que llevaba dentadura postiza. A este caso se enlazan otros recuerdos
de reconocimientos profesionales y de pequeños secretos, descubiertos durante
ellos para confusión de médico y enfermo. Mi pensamiento de que Irma no
necesita dentadura postiza es, en primer lugar, una galantería para con nuestra
amiga, pero sospecho que encierra aún otro significado distinto. En un atento
análisis nos damos siempre cuenta de si hemos agotado o no los pensamientos
ocultos buscados. La actitud de Irma junto a la ventana me recuerda de repente
otro suceso. Irma tiene una íntima amiga, a la que estimo altamente. Una tarde
que fui a visitarla, la encontré al lado de la ventana en la actitud que mi
sueño reproduce, y su médico, el mismo doctor M., me comunicó que al
reconocerle la garganta había descubierto una placa de carácter diftérico. La
persona del doctor M. y la placa diftérica retornan en la continuación del
sueño. Recuerdo ahora que en los últimos meses he tenido razones suficientes
para sospechar que también esta señora padece de histeria. Irma misma me lo ha
revelado. Pero ¿qué es lo que de sus síntomas conozco? Precisamente que sufre
de opresión histérica de la garganta, como la Irma de mi sueño. Así, pues, he
sustituido en éste a mi paciente por su amiga. Ahora recuerdo que he acariciado
varias veces la esperanza de que también esta señora se confiase a mis cuidados
profesionales; pero siempre he acabado por considerarlo improbable, pues es
persona de carácter muy retraído. Se resiste a la intervención médica, como
Irma en mi sueño. Otra explicación sería la de que no lo necesita, pues hasta
ahora se ha mostrado suficientemente enérgica para dominar sin auxilio ajeno
sus trastornos. Quedan ya tan sólo algunos rasgos que no me es posible
adjudicar a Irma ni a su amiga: la palidez, el abotagamiento y la dentadura
postiza. Esta última despertó en mí el recuerdo de la institutriz antes citada.
A continuación se me muestra otra persona, a la que los rasgos restantes
podrían aludir. No la cuento tampoco entre mis pacientes, ni deseo que jamás lo
sea, pues se avergüenza ante mí, y no la creo una enferma dócil. Generalmente,
se halla pálida, y en temporada que gozó de excelente salud engordó hasta
parecer abotagada . Por tanto, he comparado a Irma con otras dos personas que
se resistirán igualmente al tratamiento. ¿Qué sentido puede tener el haberla
sustituido por su amiga en mi sueño? Quizá el de que deseo realmente una tal
sustitución, por serme esta señora más simpática o porque tengo una más alta
idea de su inteligencia. Resulta, en efecto, que Irma me parece ahora
ininteligente por no haber aceptado mi solución. La otra, más lista, cedería
antes. Por fin abre bien la boca; la amiga de Irma me relataría sus
pensamientos con más sinceridad y menor resistencia que aquélla . En la
garganta veo una mancha blanca y escaras de forma semejante a los cornetes de
la nariz. La mancha blanca me recuerda la difteria y, por tanto, a la amiga de
Irma, y, además, la grave enfermedad de mi hija mayor, hace ya cerca de dos
años, y todos los sobresaltos de aquella triste época. Las escaras que cubren
las conchas nasales aluden a una preocupación mía sobre mi propia salud. En
esta época solía tomar con frecuencia cocaína para aliviar una molesta rinitis,
y había oído decir pocos días antes que una paciente, queusaba este mismo
medio, se había provocado una extensa necrosis de la mucosa nasal. La
prescripción de la cocaína para estos casos, dada por mí en 1885, me ha atraído
severos reproches. Un querido amigo mío, muerto ya en 1885, apresuró su fin por
el abuso de este medio. Apresuradamente llamo al doctor M., que repite el
reconocimiento. Esto correspondería sencillamente a la posición que M. ocupaba
entre nosotros. Pero «mi apresuramiento» es lo bastante singular para exigir
una especial explicación. Evoca en mí el recuerdo de un triste suceso
profesional. Por la continuada prescripción de una sustancia que por entonces
se creía aún totalmente innocua (sulfonal) provoqué una vez una grave
intoxicación en una paciente, teniendo que acudir en busca de auxilio a la
mayor experiencia de mi colega el doctor M., más antiguo que yo en el ejercicio
profesional. Otras circunstancias accesorias prueban que es éste realmente el
suceso a que en mi sueño me refiero. La enferma, que sucumbió a la
intoxicación, llevaba el mismo nombre que mi hija mayor. Hasta el momento no se
me había ocurrido pensar en ello, pero ahora se me aparece este suceso como una
represalia del Destino y como si la sustitución de personas hubiera de
proseguir aquí en un distinto sentido: esta Matilde por aquella Matilde; ojo
por ojo y diente por diente. Parece como si fuera buscando todas aquellas
ocasiones por las que me puedo reprochar una insuficiente conciencia
profesional. El doctor M. está pálido, se ha quitado la barba y cojea. Lo que
de verdad entraña esta parte del sueño se reduce a que el doctor M. presenta a
veces tan mal aspecto, que llega a inquietar a sus amigos. Los dos caracteres
restantes deben de pertenecer a otras personas. Recuerdo ahora a mi hermano
mayor, residente en el extranjero, que llevaba el rostro afeitado y al que, si
no me equivoco, se parecía extraordinariamente el doctor M. de mi sueño. Hace
algunos días nos llegó la noticia de que un ataque de artritismo a la cadera le
hacía cojear un poco. Tiene que existir una razón que me haya hecho confundir
en mi sueño a ambas personas en una sola. Recuerdo, en efecto, que me hallo
irritado contra ambas por algún motivo: el de haber rechazado una proposición
que recientemente les hice. Mi amigo Otto se halla ahora al lado de la enferma,
y mi amigo Leopoldo la percute y descubre una zona de macidez abajo, a la
izquierda. Leopoldo es también médico y, además, pariente de Otto. El Destino
los ha convertido en competidores, pues ejercen igual especialidad y se los
compara constantemente entre sí. Ambos han trabajado conmigo durante varios
años, mientras fui director de un consultorio público para niños neuróticos, y
con gran frecuencia se desarrollan durante esta época escenas como la que mi
sueño reproduce. Mientras yo discutía con Otto sobre el diagnóstico de un caso,
había Leopoldo reconocido de nuevo al niño y nos aportaba un inesperado dato
decisivo. Entre Otto y Leopoldo existe una fundamental diferencia de carácter.
El primero sobresalía por su rapidez de concepción, mientras que el segundo era
más lento, pero también más cuidadoso y concienzudo. Si en mi sueño coloco
frente a frente a Otto y al prudente Leopoldo, ello es claramente para hacer
resaltar al segundo. Trátase de una comparación análoga a la que anteriormente
efectué entre Irma, paciente nada dócil, y su amiga, a la que tengo por más
inteligente. Advierto también ahora una de las vías sobre la que se desplaza la
asociación de pensamientos en el sueño, y que va desde la niña enferma al
consultorio para niños enfermos. La zona de macidez, abajo, a la izquierda, me
hace la impresión de corresponder en todos sus detalles a un caso en el que me
admiró la concienzuda seguridad de LeopoldoPor otra parte, surge en mí
vagamente la idea de algo como una afección metastásica; pero pudiera también
ser una relación con la paciente que desearía sustituyera a Irma. Esta señora
simula, en efecto, y por lo que he podido observar, una tuberculosis. Una parte
de la piel, infiltrada en el hombro izquierdo. Caigo inmediatamente en que se
trata de mis propios dolores reumáticos en el hombro, dolores que se hacen
sentir siempre que permanezco en vela hasta altas horas de la noche. La letra
del sueño confirma esta interpretación, mostrándose aquí un tanto equívoca; ...
cosa que ya siento como él; esto es, que siento en mi propio cuerpo. Además,
extraño los términos, nada habituales: «Una parte de la piel infiltrada.» A la
frase «una infiltración posterosuperior izquierda» estamos acostumbrados. Esta
frase se referiría al pulmón, y con ello nuevamente a la tuberculosis. A pesar
del vestido. Esto no es, desde luego, sino una interpolación accesoria. En el
consultorio acostumbrábamos, como es natural, hacer desnudar a los niños para
reconocerlos; detalle que se opone aquí a la forma en que hemos de reconocer a
nuestras pacientes adultas. De un excelente clínico solía referirse que nunca
reconoció a sus enfermas sino por encima de los vestidos; a partir de aquí se
oscurecen mis ideas, o dicho francamente, no me siento inclinado a profundizar
más en esta cuestión. El doctor M. dice: «No cabe duda; es una infección. Pero
no hay cuidado; sobrevendrá una disentería y se eliminará el veneno.» Todo esto
me parece al principio absolutamente ridículo; mas, sin embargo, habré de
someterlo, como los demás elementos del sueño, a un cuidadoso análisis. Lo que
en la paciente he hallado es una difteritis local. De la época en que mi hija
estuvo enferma, recuerdo la discusión sobre difteritis y difteria. Esta última
sería la infección general, subsiguiente a la difteritis local. Así, pues, es
una tal infección general lo que Leopoldo diagnostica al descubrir la zona de
macidez, la cual hace pensar en un foco metastásico. Pero creo que precisamente
en la difteria no se presentan jamás tales metástasis. Más bien me recuerdan
una piemia. No hay cuidado. Es ésta una frase de aliento y consuelo, que, a mi
juicio, se justifica en la forma siguiente: el fragmento onírico últimamente
examinado pretende que los dolores de la paciente proceden de una grave
afección orgánica. Sospecho que con esto no quiero sino alejar de mí toda
culpa. El tratamiento psíquico no puede ser hecho responsable de la no curación
de una difteritis. De todos modos, me avergüenza echar sobre Irma el peso de
una tan grave enfermedad no más que para quedarme libre de todo reproche, y
necesitando algo que me garantice un desenlace favorable, me parece de perlas
poner las palabras de aliento en la boca del doctor M. Pero en este punto me
coloco por encima del sueño, cosa que necesita explicación. Mas ¿por qué es
este consuelo tan desatinado? Disentería. Una cualquiera representación teórica
lejana de que los gérmenes patógenos pueden ser eliminados por el intestino.
¿Me propondré acaso burlarme así de la inclinación del doctor M. a
explicaciones un tanto traídas por los cabellos y a singulares conexiones
patológicas? La disentería evoca en mí otras ideas distintas. Hace pocos meses
reconocí a un joven que padecía singulares trastornos intestinales y al que
otros colegas habían tratado como un caso de «anemia con nutrición
insuficiente». Comprobé que se trataba de un histérico, pero no quise ensayar
en él mi psicoterapia, y le recomendé que hiciese un viaje por mar. Hace pocos
días recibí desde Egipto una desesperada carta de este enfermo, en la que me
comunicaba haber padecido un nuevo ataque, que el médico había diagnosticado de
disentería. Sospecho,ciertamente, que este diagnóstico es un error de un
ignorante colega, que se ha dejado engañar por una de las simulaciones de la
histeria; pero de todos modos, no puedo por menos de reprocharme el haber
expuesto a mi paciente a contraer, sobre su afección intestinal histérica, una
afección orgánica. «Disentería» suena análogamente a «difteria», palabra que no
aparece en el sueño. Habré realmente de aceptar que con el pronóstico optimista
que en mi sueño pongo en boca del doctor M. no persigo sino burlarme de él,
pues ahora recuerdo que hace años me relató él mismo, con grandes risas, una
análoga historia. Había sido llamado a consultar con otro colega sobre un
enfermo grave, y ante el optimismo del médico de cabecera hubo de señalarle la
presencia de albúmina en la orina del paciente. «No hay cuidado -respondió el
optimista-; la albúmina se eliminará por sí sola.» No cabe, pues, duda alguna
de que esta parte de mi sueño entraña una burla hacia aquellos de mis colegas
ignorantes de la histeria. Como para confirmarlo así, surge ahora en mi
pensamiento la siguiente interrogación: ¿Sabe acaso el doctor M. que los
fenómenos que su paciente -la amiga de Irma- presenta, y que hacen temer una
tuberculosis, son de origen histérico? ¿Ha descubierto la histeria o se ha
dejado burlar por ella? Mas ¿qué motivo puedo tener para tratar tan mal a un
amigo? Muy sencillo. El doctor M. está tan poco conforme como Irma misma con la
«solución» por mí propuesta. De este modo me he vengado ya en mi sueño de dos
personas: de Irma, diciéndole que si aún tenía dolores era exclusivamente por
su culpa, y del doctor M., con el desatinado pronóstico que pongo en sus
labios. Sabemos inmediatamente de qué procede la infección. Este inmediato
conocimiento en el sueño es algo muy singular. Un instante antes no sabíamos
nada, pues la infección no fue descubierta hasta el reconocimiento efectuado
por Leopoldo. Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez que se
sintió mal, una inyección. Otto me había referido realmente que durante su
corta estancia en casa de la familia de Irma le llamaron del hotel próximo para
poner una inyección a un individuo que se había sentido repentinamente enfermo.
Las inyecciones me recuerdan de nuevo a aquel infeliz amigo mío que se envenenó
con cocaína. Yo le había aconsejado el uso interno de esta sustancia únicamente
durante una cura de desmorfinización, pero el desdichado comenzó a ponerse
inyecciones de cocaína. Con un preparado a base de propil..., propilena...,
ácido propiónico. ¿Cómo puede incluirse esto en mi sueño? Aquella misma tarde,
después de la cual redacté por cierto el historial clínico de Irma y tuve el
sueño que ahora me ocupa, abrió mi mujer una botella de licor, en cuya etiqueta
se leía la palabra ananás (piña), y que nos había sido regalada por Otto. Tiene
éste la costumbre de aprovechar toda ocasión que para hacer un regalo pueda
presentársele; costumbre de la que es de esperar le cure algún día una mujer.
Destapada la botella, emanaba del licor un tal olor amílico, que me negué a
probarlo. Mi mujer propuso regalárselo a los criados; pero yo, más prudente, me
opuse, observando humanitariamente que tampoco ellos debían envenenarse. El
olor a amílico despertó en mí sin duda, el recuerdo de la serie química: amil,
propil, metil, etc., y este recuerdo proporcionó al sueño el preparado a base
de propil. De todos modos, he realizado aquí una sustitución. He soñado con el
propil después de haber olido el amil, pero tales sustituciones se hallan quizá
permitidas precisamente en la química orgánica. Trimetilamina. En mi sueño veo
la fórmula química de esta sustancia, cosa que testimonia de un gran esfuerzo
de mi memoria, y la veo impresa en gruesos caracteres, como si quisiera hacer
resaltar su especial importancia dentro del contexto en que se halla incluida.
¿Adónde puede llevarme la trimetilamina sobre la cual es atraída mi atención en
esta forma? A una conversación con otro amigo mío, que desde hace muchos años
sabe de todos mis trabajos en preparación como yo de los suyos. Por aquella época
me había comunicado ciertas ideas sobre una química sexual, y, entre otras, la
de que la trimetilamina le parecía constituir uno de estos productos del
metabolismo sexual. Este cuerpo me conduce, pues, a la sexualidad; esto es, a
aquel factor al que adscribo la máxima importancia en la génesis de las
afecciones nerviosas, cuya curación me propongo. Irma, mi paciente, es una
joven viuda. Si me veo en la necesidad de disculpar el mal éxito de la cura en
su caso, habré seguramente de alegar este hecho, al que sus amigos pondrían
gustosos el remedio. Pero ¡observemos cuán singularmente construido puede
hallarse un sueño! La otra señora, a la que yo quisiera tener como paciente en
lugar de Irma, es también una joven viuda. Sospecho por qué la fórmula de la trimetilamina
ha adquirido tanta importancia en el sueño. En esta palabra se acumula un gran
número de cosas harto significativas. No sólo es una alusión al poderoso factor
«sexualidad», sino también a una persona cuya aprobación recuerdo con agrado
siempre que me siento aislado en medio de una opinión hostil o indiferente a
mis teorías. Y este buen amigo mío, que tan importante papel desempeña en mi
vida, ¿no habrá de intervenir aún más en el conjunto de ideas de mi sueño?
Desde luego posee especialísimos conocimientos sobre las afecciones que se
inician en la nariz o en las cavidades vecinas, y ha aportado a la Ciencia el
descubrimiento de singularísimas relaciones de los cornetes nasales con los
órganos sexuales femeninos. (Las tres escaras grisáceas que advierto en la
garganta de Irma.) He hecho que reconociera a esta paciente para comprobar si
los dolores de estómago que padecía podían ser de origen nasal. Pero se da el
caso de que él mismo padece una afección nasal que me inspira algún cuidado. A
esta afección alude, sin duda, la piemia, cuya duda surge en mí, asociada a la
metástasis de mi sueño. No se ponen inyecciones de este género tan ligeramente.
Acuso aquí, directamente, de ligereza a mi amigo Otto. Realmente creo haber
pensado algo análogo la tarde anterior a mi sueño, cuando me pareció ver
expresado en sus palabras o en su mirada un reproche contra mi actuación
profesional con Irma. Mis pensamientos fueron, aproximadamente, como sigue:
«¡Qué fácilmente se deja influir por otras personas, y cuán ligero es en sus
juicios !» Esta parte del sueño alude, además, a aquel difunto amigo mío, que
tan ligeramente se decidió a inyectarse cocaína. Como ya he indicado antes, al
prescribirle el uso interno de esta sustancia no pensé jamás que pudiera
administrársela en inyecciones. Al reprochar a Otto su ligereza en el empleo de
ciertas sustancias químicas observo que rozo de nuevo la historia de aquella
infeliz Matilde, de la que se deduce un análogo reproche para mí. Claramente se
ve que reúno aquí ejemplos de mi conciencia profesional, pero también de todo
lo contrario. Probablemente estaría, además, sucia la jeringuilla. Un nuevo
reproche contra Otto, pero de distinta procedencia. Ayer encontré casualmente
al hijo de una señora de ochenta y dos años, a la que administro diariamente
dos inyecciones demorfina. En la actualidad se halla veraneando, y ha llegado
hasta mí la noticia de que padece una flebitis. Inmediatamente pensé que debía
tratarse de una infección provocada por falta de limpieza de la jeringuilla. Puedo
vanagloriarme de no haber causado un solo accidente de este género en dos años
que llevo tratándola a diario. Bien es verdad que la total asepsia de la
jeringuilla constituye mi constante preocupación. En estas cosas soy siempre
muy concienzudo. La flebitis me recuerda de nuevo a mi mujer, que padeció de
esta enfermedad durante un embarazo. Después surge en mí el recuerdo de tres
situaciones análogas, de las que fueron, respectivamente, protagonistas mi
mujer, Irma y la difunta Matilde; situaciones cuya entidad es, sin duda alguna,
lo que me ha permitido sustituir entre sí a estas tres personas en mi sueño.
Aquí termina la interpretación emprendida. Durante ella me ha costado trabajo
defenderme de todas las ocurrencias a las que tenía que incitarme la comparación
del sentido del sueño con las ideas que tras él se ocultaban. El «sentido» del
sueño ha surgido a mis ojos. He advertido una intención que el sueño realiza, y
que ha tenido que constituir su motivo. El sueño cumple algunos deseos que los
sucesos del día inmediatamente anterior (las noticias de Otto y la redacción
del historial clínico) hubieron de despertar en mí. El resultado del sueño es,
en efecto, que no soy yo, sino Otto, el responsable de los dolores de Irma.
Otto me ha irritado con sus observaciones sobre la incompleta curación de Irma,
y el sueño me venga de él, volviendo en contra suya sus reproches. Al mismo
tiempo me absuelve de toda responsabilidad por el estado de Irma atribuyéndolo
a otros factores, que expone como una serie de razonamientos, y presenta las
cosas tal y como yo desearía que fuesen en la realidad. Su contenido es, por
tanto, una realización de deseos, y su motivo, un deseo. Todo esto resulta
evidente; pero también se nos hace comprensible, desde el punto de vista de la realización
de deseos, una gran parte de los detalles del sueño. En éste me vengo de Otto
no sólo por su parcialidad en el caso de Irma -atribuyéndole una ligereza en el
ejercicio de su profesión (la inyección)-, sino también por la mala calidad de
su licor, que apestaba a amílico, y hallo una expresión que reúne ambos
reproches: una inyección con un preparado a base de propilena. Pero aún no me
doy por satisfecho, y continúo mi venganza situándole frente a su competidor.
De este modo me parece que le digo: «Leopoldo me inspira más estimación que
tú.» Tampoco es Otto el único a quien hago sentir el peso de mi cólera. Me
vengo también de mi indócil paciente, sustituyéndola por otra más inteligente y
manejable. De igual modo no dejo pasar sin protesta la contradicción del doctor
M., sino que, por medio de una transparente alusión, le expreso un juicio de
que en este caso se ha conducido como un ignorante («sobrevendrá una
disentería», etc.), y apelo contra él ante alguien en cuya ciencia fío más
(ante aquel amigo mío que me habló de la trimetilamina), en la misma forma que
apelo de Irma ante su amiga, y de Otto, ante Leopoldo. Anuladas las tres
personas que me son contrarias, y sustituidas por otras tres de mi elección,
quedo libre de los reproches que no quiero haber merecido. La falta de
fundamento de estos reproches queda también amplia y minuciosamente demostrada
en mi sueño. No me cabe responsabilidad alguna de los dolores de Irma, pues si
continúa padeciéndolos es exclusivamente por su culpa al no querer aceptar mi
solución. Tales dolores son de origen orgánico, no pueden ser curados por medio
de un tratamiento psíquico, y, por tanto, nada tengo que ver en ellos. En
tercer lugar, se explican satisfactoriamente por la viudez de
Irma(¡trimetilamina!), cosa contra la cual nada me es posible hacer. Además,
han sido provocados por una imprudente inyección que Otto le administró con una
sustancia inadecuada, falta en la que jamás he incurrido. Por último, proceden
de una inyección practicada con una jeringuilla sucia, como la flebitis de mi
anciana paciente; complicación que nunca he acarreado a mis enfermos. Advierto,
ciertamente, que estas explicaciones de los padecimientos de Irma no concuerdan
entre sí, sino que se excluyen unas a otras. Toda mi defensa -que no otra cosa
constituye este sueño- recuerda vivamente la de aquel individuo al que un
vecino acusaba de haberle devuelto inservible un caldero que le había prestado,
y que rechazaba tal acusación con las siguientes razones: «En primer lugar, le
he devuelto el caldero completamente intacto; además, el caldero estaba ya
agujereado cuando me lo prestó. Por último, jamás le he pedido prestado ningún
caldero.» Las razones son contradictorias, pero bastará con que se aprecie una
de ellas para declarar al individuo libre de toda culpa. En el sueño aparecen
otros temas, cuya relación con mis descargos respecto a la enfermedad de Irma
no se muestra tan transparente: la enfermedad de mi hija y la de una paciente
de igual nombre; la toxicidad de la cocaína; la afección de mi paciente,
residente en Egipto; mis preocupaciones sobre la salud de mi mujer, de mi
hermano y del doctor M., mis propias dolencias, y el cuidado que me inspira la
afección nasal de mi amigo ausente. Pero todo ello puede reunirse en un solo
círculo de ideas, que podría rotularse: preocupaciones sobre la salud tanto
ajena como propia, y conciencia profesional. Recuerdo haber experimentado una
vaga sensación penosa cuando Otto me trajo la noticia del estado de Irma. Del
círculo de ideas que intervienen en el sueño quisiera extraer ahora, a
posteriori, la expresión que en él halla dicha fugitiva sensación. Es como si
Otto me hubiera dicho: «No tomas suficientemente en serio tus deberes
profesionales; no eres lo bastante concienzudo, y no cumples lo que prometes.»
Ante este reproche se puso a mi disposición el círculo de ideas indicado para
permitirme demostrar hasta qué punto soy un fiel cumplidor de mis deberes
médicos y cuánto me intereso por la salud de mis familiares, amigos y
pacientes. En este acervo de ideas aparecen singularmente algunos recuerdos
penosos, pero todos ellos tienden más a apoyar las inculpaciones que sobre Otto
acumulo que a mi propia defensa. El conjunto de pensamientos es impersonal,
pero la conexión de este amplio material, sobre el que el sueño reposa, con el
tema más restringido del mismo, que ha dado origen a mi deseo de no ser
responsable del estado de Irma, no puede pasar inadvertida. De todos modos, no
quiero afirmar haber descubierto por completo el sentido de este sueño ni que
en su interpretación no existan lagunas. Podría aún dedicarle más tiempo,
extraer de él nuevas aclaraciones y analizar nuevos enigmas, a cuyo
planteamiento incita. Sé incluso cuáles son los puntos a partir de los cuales
podríamos perseguir nuevas series de ideas, pero consideraciones especiales,
que surgen de todo análisis de un sueño propio, me obligan a limitar la labor
de interpretación. Aquellos que se precipiten a criticar una tal reserva pueden
intentar ser más sinceros que yo. Por el momento me satisfaré con señalar un
nuevo conocimiento que nuestro análisis nos ha revelado. Siguiendo el método de
interpretación onírica aquí indicado, hallamos que el sueño tiene realmente un
sentido, y no es en modo alguno, como pretenden los investigadores, la expresión
de una actividad cerebral fragmentaria. Una vez llevada a cabo la
interpretación completa de un sueño, se nos revela éste como una realización de
deseos.
domingo, 12 de junio de 2016
Cinco conferencias sobre psicoanálisis - Conferencia 3
III
Señoras y señores: No siempre es fácil decir la verdad, en
particular cuando uno se ve obligado a ser breve; así, hoy me veo precisado a
corregir una inexactitud que formulé en mi anterior conferencia. Les dije que
si renunciando a la hipnosis yo esforzaba a mis enfermos a comunicarme lo que
se les ocurriera sobre el problema que acabábamos de tratar -puesto que ellos
de hecho sabían lo supuestamente olvidado y la ocurrencia emergente contendría
sin duda lo que se buscaba-, en efecto hacía la experiencia de que la ocurrencia
inmediata de mis pacientes aportaba lo pertinente y probaba ser la continuación
olvidada del recuerdo. Pues bien; esto no es universalmente cierto. Sólo en
aras de la brevedad lo presenté tan simple. En realidad, sólo las primeras
veces sucedía que lo olvidado pertinente se obtuviera tras un simple esforzar
de mi parte. Si uno seguía aplicando el procedimiento, en todos los casos
acudían ocurrencias que no podían ser las pertinentes porque no venían a
propósito y los propios enfermos las desestimaban por incorrectas. Aquí el
esforzar ya no servía de ayuda, y cabía lamentarle de haber resignado la
hipnosis.
En ese estadio de desconcierto, me aferré a un prejuicio
cuya legitimidad científica fue demostrada años después en Zurich por C. G.
Jung y sus discípulos. Debo aseverar que a menudo es muy provechoso tener
prejuicios. Sustentaba yo una elevada opinión sobre el determinismo
{Determinierung} de los procesos anímicos y no podía creer que una ocurrencia
del enfermo, producida por él en un estado de tensa atención, fuera enteramente
arbitraria y careciera de nexos con la representación olvidada que buscábamos;
en cuanto al hecho de que no fuera idéntica a esta última, se explicaba de
manera satisfactoria a partir de la situación psicológica presupuesta. En los
enfermos bajo tratamiento ejercían su acción eficaz dos fuerzas encontradas:
por una parte, su afán conciente de traer a la conciencia lo olvidado presente
en su inconciente, y, por la otra, la consabida resistencia que se revolvía
contra ese devenir-conciente de lo reprimido o de sus retoños. Si la
resistencia era igual a cero o muy pequeña, lo olvidado devenía conciente sin
desfiguración; cabía entonces suponer que la desfiguración de lo buscado
resultaría tanto mayor cuanto más grande fuera la resistencia a su
devenir-conciente. Por ende, la ocurrencia del enfermo, que acudía en vez de lo
buscado, había nacido ella misma como un síntoma; era una nueva, artificiosa y
efímera formación sustitutiva de lo reprimido, y tanto más desemejante a esto
cuanto mayor desfiguración hubiera experimentado bajo el influjo de la
resistencia. Empero, dada su naturaleza de síntoma, por fuerza mostraría cierta
semejanza con lo buscado y, si la resistencia no era demasiado intensa, debía
ser posible colegir, desde la ocurrencia, lo buscado escondido. La ocurrencia
tenía que comportarse respecto del elemento reprimido como una alusión, como
una figuración de él en discurso indirecto.
En el campo de la vida anímica normal conocemos casos en que
situaciones análogas a la supuesta por nosotros brindan también parecidos
resultados. Uno de ellos es el del chiste. Así, por los problemas de la técnica
psicoanalítica me he visto precisado a ocuparme de la técnica de la formación
de chistes. Les elucidaré un solo ejemplo de esta índole; se trata, por lo
demás, de un chiste en lengua inglesa.
He aquí la anécdota: Dos hombres de negocios poco
escrupulosos habían conseguido granjearse una enorme fortuna mediante una serie
de empresas harto osadas, y tras ello se empeñaron en ingresar en la buena
sociedad. Entre otros medios, les pareció adecuado hacerse retratar por el
pintor más famoso y más caro de la ciudad, cada uno de cuyos cuadros se
consideraba un acontecimiento. Quisieron mostrarlos por primera vez durante una
gran soirée, y los dueños de casa en persona condujeron al crítico y
especialista en arte más influyente hasta la pared del salón donde ambos
retratos habían sido colgados uno junto al otro; esperaban así arrancarle un
juicio admirativo. El crítico los contempló largamente, y al fin sacudió la
cabeza como si echara de menos algo; se limitó a preguntar, señalando el
espacio libre que quedaba entre ambos cuadros: «And where is the Saviour?» («
¿Y dónde está el Salvador? »}. Veo que todos ustedes ríen con este buen chiste;
ahora tratemos de entenderlo. Comprendemos que el especialista en arte quiere
decir: «Son ustedes un par de pillos, como aquellos entre los cuales se
crucificó al Salvador». Pero no se los dice; en lugar de ello., manifiesta algo
que a primera vista parece raramente inapropiado y que no viniera al caso, pero
de inmediato lo discernimos como una alusión al insulto por él intentado y como
su cabal sustituto. No podemos esperar que en el chiste reencontraremos todas
las circunstancias que conjeturamos para la génesis de la ocurrencia en
nuestros pacientes, pero insistamos en la identidad de motivación entre chiste
y ocurrencia. ¿Por qué nuestro crítico no dice a los dos pillos directamente lo
que le gustaría? Porque junto a sus ganas de espetárselo sin disfraz actúan en
él eficaces motivos contrarios. No deja de tener sus peligros ultrajar a
personas de quienes uno es huésped y tienen a su disposición los vigorosos
puños de gran número de servidores. Uno puede sufrir fácilmente el destino que
en la conferencia anterior aduje como analogía para el «esfuerzo de desalojo»
{represión}. Por esta razón el crítico no expresa de manera directa el insulto
intentado, sino que lo hace en una forma desfigurada como «alusión con
omisión». (ver nota) Y bien; opinamos que es esta misma constelación la
culpable de que nuestro paciente, en vez de lo olvidado que se busca, produzca
una ocurrencia sustitutiva más o menos desfigurada.
Señoras y señores: Es de todo punto adecuado llamar
«Complejo», siguiendo a la escuela de Zurich (Bleuler, Jung y otros), a un
grupo de elementos de representación investidos de afecto. Vemos, pues, que si
para buscar un complejo reprimido partimos en cierto enfermo de lo último que
aún recuerda, tenemos todas las perspectivas de colegirlo siempre que él ponga
a nuestra disposición un número suficiente de sus ocurrencias libres. Dejamos
entonces al enfermo decir lo que quiere, y nos atenemos a la premisa de que no
puede ocurrírsele otra cosa que lo que de manera indirecta dependa del complejo
buscado. Si este camino para descubrir lo reprimido les parece demasiado
fatigoso, puedo al menos asegurarles que es el único transitable.
Al aplicar esta técnica todavía vendrá a perturbarnos el
hecho de que el enfermo a menudo se interrumpe, se atasca y asevera que no sabe
decir nada, no se le ocurre absolutamente nada. Si así fuera y él estuviese en
lo cierto, otra vez nuestro procedimiento resultaría insuficiente. Pero una
observación más fina muestra que esa denegación de las ocurrencias en verdad no
sobreviene nunca. Su apariencia se produce sólo porque el enfermo, bajo el
influjo de las resistencias, que se disfrazan en la forma de diversos juicios
críticos acerca del valor de la ocurrencia, se reserva o hace a un lado la
ocurrencia percibida. El modo de protegerse de ello es prever esa conducta y
pedirle que no haga caso de esa crítica. Bajo total renuncia a semejante
selección crítica, debe decir todo lo que se le pase por la cabeza, aunque lo
considere incorrecto, que no viene al caso o disparatado, y con mayor razón
todavía si le resulta desagradable ocupar su pensamiento en esa ocurrencia. Por
medio de su obediencia a ese precepto nos aseguramos el material que habrá de
ponernos sobre la pista de los complejos reprimidos.
Este material de ocurrencias que el enfermo arroja de sí con
menosprecio cuando en lugar de encontrarse influido por el médico lo está por
la resistencia constituye para el psicoanalista, por así decir, el mineral en
bruto del que extraerá el valioso metal con el auxilio de sencillas artes interpretativas.
Si ustedes quieren procurarse una noticia rápida y provisional de los complejos
reprimidos de cierto enfermo, sin internarse todavía en su ordenamiento y
enlace, pueden examinarlo mediante el experimento de la asociación, tal como lo
han desarrollado Jung y sus discípulos. Este procedimiento presta al
psicoanalista tantos servicios como al químico el análisis cualitativo; es
omisible en la terapia de enfermos neuróticos, pero indispensable para la
mostración objetiva de los complejos y en la indagación de las psicosis, que la
escuela de Zurich ha abordado con éxito.
La elaboración de las ocurrencias que se ofrecen al paciente
cuando se somete a la regla psicoanalítica fundamental no es el único de
nuestros recursos técnicos para descubrir lo inconciente. Para el mismo fin
sirven otros dos procedimientos: la interpretación de sus sueños y la
apreciación de sus acciones fallidas y casuales.
Les confieso mis estimados oyentes, que consideré mucho
tiempo si antes que darles este sucinto panorama de todo el campo del
psicoanálisis no era preferible ofrecerles la exposición detallada de la
interpretación de los sueños. Un motivo puramente subjetivo y en apariencia
secundario me disuadió de esto último. Me pareció casi escandaloso presentarme
en este país, consagrado a metas prácticas, como un «intérprete de sueños»
antes que ustedes conocieran el valor que puede reclamar para sí este anticuado
y escarnecido arte. La interpretación de los sueños es en realidad la vía regia
para el conocimiento de lo inconciente, el fundamento más seguro del
psicoanálisis y el ámbito en el cual todo trabajador debe obtener su
convencimiento y su formación. Cuando me preguntan cómo puede uno hacerse
psicoanalista, respondo: por el estudio de sus propios sueños. Con certero tacto
todos los oponentes del psicoanálisis han esquivado hastá ahora examinar La
interpretación de los sueños o han pretendido pasarla por alto con las más
insulsas objeciones. Si, por lo contrario, son ustedes capaces de aceptar las
soluciones de los problemas de la vida onírica, las novedades que el
psicoanálisis propone a su pensamiento ya no les depararán dificultad alguna.
No olviden que nuestras producciones oníricas nocturnas, por
una parte, muestran la máxima semejanza externa y parentesco interno con las
creaciones de la enfermedad mental y, por la otra, son conciliables con la
salud plena de la vida despierta. No es ninguna paradoja aseverar que quien se
maraville ante esos espejismos sensoriales, ideas delirantes y alteraciones del
carácter «normales», en lugar de entenderlos, no tiene perspectiva alguna de
aprehender mejor que el lego las formaciones anormales de unos estados anímicos
patológicos. Entre tales legos pueden ustedes contar hoy, con plena seguridad,
a casi todos los psiquiatras. Síganme ahora en una rápida excursión por el
campo de los problemas del sueño.
Despiertos, solemos tratar tan despreciativamente a los
sueños como el paciente a las ocurrencias que el psicoanalista le demanda. Y
también los arrojamos de nosotros, pues por regla general los olvidamos de
manera rápida y completa. Nuestro menosprecio se funda en el carácter ajeno aun
de aquellos sueños que no son confusos ni disparatados, y en el evidente
absurdo y sinsentido de otros sueños; nuestro rechazo invoca las aspiraciones
desinhibidamente vergonzosas e inmorales que campean en muchos sueños. Es
notorio que la Antigüedad no compartía este menosprecio por los sueños. Y aun
en la época actual, los estratos inferiores de nuestro pueblo no se dejan
conmover en su estima por ellos; como los antiguos, esperan de ellos la
revelación del futuro.
Confieso que no tengo necesidad alguna de unas hipótesis
místicas para llenar las lagunas de nuestro conocimiento presente, y por eso
nunca pude hallar nada que corroborase una supuesta naturaleza profética de los
sueños. Son cosas de muy otra índole, aunque harto maravillosas también ellas,
las que pueden decirse acerca de los sueños.
En primer lugar, no todos los sueños son para el soñante
ajenos, incomprensibles y confusos. Si ustedes se avienen a someter a examen
los sueños de niños de corta edad, desde un año y medio en adelante, los
hallarán por entero simples y de fácil esclarecimiento. El niño pequeño sueña
siempre con el cumplimiento de deseos que el día anterior le despertó y no le
satisfizo. No hace falta ningún arte interpretativo para hallar esta solución
simple, sino solamente averiguar las vivencias que el niño tuvo la víspera (el
día del sueño). Sin duda, obtendríamos la solución más satisfactoria del enigma
del sueño si también los sueños de los adultos no fueran otra cosa que los de
los niños, unos cumplimientos de mociones de deseo nacidas el día del sueño. Y
así es efectivamente; las dificultades que estorban esta solución pueden
eliminarse paso a paso por medio de un análisis más penetrante de los sueños.
Entre ellas sobresale la primera y más importante objeción,
a saber, que los sueños de adultos suelen poseer un contenido incomprensible,
que en modo alguno permite discernir nada de un cumplimiento de deseo. Pero la
respuesta es: Estos sueños han experimentado una desfiguración; el proceso
psíquico que está en su base habría debido hallar originariamente una muy
diversa expresión en palabras. Beben ustedes diferenciar el contenido
manifiesto del sueño, tal como lo recuerdan de manera nebulosa por la mañana y
trabajosamente visten con unas palabras al parecer arbitrarias, de los
pensamientos oníricos latentes cuya presencia en lo inconciente han de suponer.
Esta desfiguración onírica es el mismo proceso del que han tomado conocimiento
al indagar la formación de síntomas histéricos; señala el hecho de que idéntico
juego contrario de las fuerzas anímicas participa en la formación del sueño y
en la del síntoma. El contenido manifiesto del sueño es el sustituto
desfigurado de los pensamientos oníricos inconcientes, y esta desfiguración es
la obra de unas fuerzas defensoras del yo, unas resistencias que en la vida de
vigilia prohiben {verwehren} a los deseos reprimidos de lo inconciente todo
acceso a la conciencia, y que aún en su rebajamiento durante el estado del
dormir conservan al menos la fuerza suficiente para obligarlos a adoptar un
disfraz encubridor. Luego el soñante no discierne el sentido de sus sueños más
que el histérico la referencia y el significado de sus síntomas.
Que existen pensamientos oníricos latentes., y que entre
ellos y el contenido manifiesto del sueño hay en efecto la relación que
acabamos de describir, he ahí algo de lo que ustedes pueden convencerse
mediante el análisis de los sueños, cuya técnica coincide con la
psicoanalítica. Han de prescindir de la trama aparente de los elementos dentro
del sueño manifiesto, y ponerse a recoger las ocurrencias que para cada
elemento onírico singular se obtienen en la asociación libre siguiendo la regla
del trabajo psicoanalítico. A partir de este material colegirán los
pensamientos oníricos latentes de un modo idéntico al que les permitió colegir,
desde las ocurrencias del enfermo sobre sus síntomas y recuerdos, sus complejos
escondidos. Y en los pensamientos oníricos latentes así hallados se percatarán
ustedes, sin más, de cuán justificado es reconducir los sueños de adultos a los
de niños. Lo que ahora sustituye al contenido manifiesto del sueño como su
sentido genuino es algo que siempre se comprende con claridad, se anuda a las
impresiones vitales de la víspera, y prueba ser cumplimiento de unos deseos
insatisfechos. Entonces, no podrán describir el sueño manifiesto, del que
tienen noticia por el recuerdo del adulto, como no sea diciendo que es un
cumplimiento disfrazado de unos deseos reprimidos.
Y ahora, mediante una suerte de trabajo sintético, pueden
obtener también una intelección del proceso que ha producido la desfiguración
de los pensamientos oníricos inconcientes en el contenido manifiesto del sueño.
Llamamos «trabajo del sueño» a este proceso. Merece nuestro pleno interés
teórico porque en él podemos estudiar, como en ninguna otra parte, qué
insospechados procesos psíquicos son posibles en lo inconciente, o, expresado
con mayor exactitud, entre dos sistemas psíquicos separados como el conciente y
el inconciente. Entre estos procesos psíquicos recién discernidos se han
destacado la condensación y el desplazamiento. El trabajo del sueño es un caso
especial de las recíprocas injerencias de diferentes agrupamientos anímicos,
vale decir el resultado de la escisión anímica, y en todos sus rasgos
esenciales parece idéntico a aquel trabajo de desfiguración que muda los
complejos reprimidos en síntomas a raíz de un esfuerzo de desalojo {represión}
fracasado.
Además, en el análisis de los sueños descubrirán con
asombro, y de la manera más convincente para ustedes mismos, el papel
insospechadamente grande que en el desarrollo del ser humano desempeñan
impresiones y vivencias de la temprana infancia. En la vida onírica el niño por
así decir prosigue su existencia en el hombre, conservando todas sus
peculiaridades y mociones de deseo, aun aquellas que han devenido inutilizables
en la vida posterior. Así se les hacen a ustedes patentes, con un poder
irrefutable, todos los desarrollos, represiones, sublimaciones y formaciones
reactivas por los cuales desde el niño, de tan diversa disposición, surge el
llamado hombre normal, el portador y en parte la víctima de la cultura
trabajosamente conquistada.
También quiero señalarles que en el análisis de los sueños
hemos hallado que lo inconciente se sirve, en particular para la figuración de
complejos sexuales, de un cierto simbolismo que en parte varía con los
individuos pero en parte es de una fijeza típica, y parece coincidir con el
simbolismo que conjeturamos tras nuestros mitos y cuentos tradicionales. No
sería imposible que estas creaciones de los pueblos recibieran su
esclarecimiento desde el sueño.
Por último, debo advertirles que no se dejen inducir a error
por la objeción de que la emergencia de sueños de angustia contradiría nuestra
concepción del sueño como cumplimiento de deseo. Prescindiendo de que también
estos sueños de angustia requieren interpretación antes que se pueda formular
un juicio sobre ellos, es preciso decir, con validez universal, que la angustia
no va unida al contenido del sueño de una manera tan sencilla como se suele
imaginar cuando se carece de otras noticias sobre las condiciones de la
angustia neurótica. La angustia es una de las reacciones desautorizadoras del
yo frente a deseos reprimidos que han alcanzado intensidad, y por eso también
en el sueño es muy explicable cuando la formación de este se ha puesto
demasiado al servicio del cumplimiento de esos deseos reprimidos.
Ven ustedes que la exploración de los sueños tendría su
justificación en sí misma por las noticias que brinda acerca de cosas que de
otro modo sería difícil averiguar. Pero nosotros llegamos a ella en conexión
con el tratamiento psicoanalítico de los neuróticos. Tras lo dicho hasta aquí,
pueden ustedes comprender fácilmente cómo la interpretación de los sueños,
cuando no es demasiado estorbada por las resistencias del enfermo, lleva al
conocimiento de sus deseos ocultos y reprimidos, así como de los complejos que
estos alimentan; puedo pasar entonces al tercer grupo de fenómenos anímicos,
cuyo estudio se ha convertido en un medio técnico para el psicoanálisis.
Me refiero a las pequeñas operaciones fallidas de los
hombres tanto normales como neuróticos, a las que no se suele atribuir ningún
valor: el olvido de cosas que podrían saber y que otras veces en efecto saben
(p. ej., el hecho de que a uno no le acuda temporariamente un nombre propio);
los deslices cometidos al hablar, que tan a menudo nos sobrevienen; los
análogos deslices en la escritura y la lectura; el trastrocar las cosas
confundido en ciertos manejos y el perder o romper objetos, etc., hechos
notables para los que no se suele buscar un determinismo psíquico y que se
dejan pasar sin reparos como unos sucesos contingentes, fruto de la
distracción, la falta de atención y parecidas condiciones. A esto se suman las
acciones y gestos que los hombres ejecutan sin advertirlo para nada y -con
mayor razón- sin atribuirles peso anímico: el jugar o juguetear con objetos,
tararear melodías, maniobrar con el propio cuerpo o sus ropas, y otras de este
tenor. Estas pequeñas cosas, las operaciones fallidas así como las acciones
sintomáticas y casuales, no son tan insignificantes como en una suerte de
tácito acuerdo se está dispuesto a creer. Poseen pleno sentido desde la
situación en que acontecen; en la mayoría de los casos se las puede interpretar
con facilidad y certeza, y se advierte que también ellas expresan impulsos y
propósitos que deben ser relegados, escondidos a la conciencia propia, o que
directamente provienen de las mismas mociones de deseo y complejos reprimidos
de que ya tenemos noticia como los creadores de los síntomas y de las imágenes
oníricas. Merecen entonces ser consideradas síntomas, y tomar nota de ellas, lo
mismo que de los sueños, puede llevar a descubrir lo escondido en la vida
anímica. Por su intermedio el hombre deja traslucir de ordinario sus más
íntimos secretos. Si sobrevienen con particular facilidad y frecuencia, aun en
personas sanas que globalmente han logrado bien la represión de sus mociones
inconcientes, lo deben a su insignificancia y nimiedad. Pero tienen derecho a
reclamar un elevado valor teórico, pues nos prueban la existencia de la
represión y la formación sustitutiva aun bajo las condiciones de la salud.
Ya echan de ver ustedes que el psicoanalista se distingue
por una creencia particularmente rigurosa en el determinismo de la vida
anímica. Para él no hay en las exteriorizaciones psíquicas nada insignificante,
nada caprichoso ni contingente; espera hallar una motivación suficiente aun
donde no se suele plantear tal exigencia. Y todavía más: está preparado para
descubrir una motivación múltiple del mismo efecto anímico, mientras que
nuestra necesidad de encontrar las causas, que se supone innata, se declara
satisfecha con una única causa psíquica.
Recapitulen ahora los medios que poseemos para descubrir lo
escondido, olvidado, reprimido en la vida anímica: el estudio de las convocadas
ocurrencias del paciente en la asociación libre, de sus sueños y de sus
acciones fallidas y sintomáticas; agreguen todavía la valoración de otros
fenómenos que se ofrecen en el curso del tratamiento psicoanalítico, sobre los
cuales haré luego algunas puntualizaciones bajo el título de la «trasferencia»,
y llegarán conmigo a la conclusión de que nuestra técnica es ya lo bastante
eficaz para poder resolver su tarea, para aportar a la conciencia el material
psíquico patógeno y así eliminar el padecimiento provocado por la formación de
síntomas sustitutivos. Y además, el hecho de que en tanto nos empeñamos en la
terapia enriquezcamos y ahondemos nuestro conocimiento sobre la vida anímica de
los hombres normales y enfermos no puede estimarse de otro modo que como un
particular atractivo y excelencia de este trabajo.
No sé si han recibido ustedes la impresión de que la técnica
por cuyo arsenal acabo de guiarlos es particularmente difícil. Opino que es por
entero apropiada para el asunto que está destinada a dominar. Pero hay algo
seguro: ella no es evidente de suyo, se la debe aprender como a la histológica
o quirúrgica. Acaso les asombre enterarse de que en Europa hemos recibido,
sobre el psicoanálisis, una multitud de juicios de personas que nada saben de
esta técnica ni la aplican, y luego nos piden, como en burla, que les probemos
la corrección de nuestros resultados. Sin duda que entre esos contradictores
hay también personas que en otros campos no son ajenas a la mentalidad
científica, y por ejemplo no desestimarían un resultado de la indagación
microscópica por el hecho de que no se lo pueda corroborar a simple vista en el
preparado anatómico, ni antes de formarse sobre el asunto un juicio propio con
la ayuda del microscopio. Pero en materia de psicoanálisis las condiciones son
en verdad menos favorables para el reconocimiento. El psicoanálisis quiere
llevar al reconocimiento conciente lo reprimido en la vida anímica, y todos los
que formulan juicios sobre él son a su vez hombres que poseen tales
represiones, y acaso sólo a duras penas las mantienen en pie. No puede menos, pues,
que provocarles la misma resistencia que despierta en el enfermo, y a esta le
resulta fácil disfrazarse de desautorización intelectual y aducir argumentos
semejantes a los que nosotros proscribimos {abwehren} en nuestros enfermos con
la regla psicoanalítica fundamental. Así como en nuestros enfermos, también en
nuestros oponentes podemos comprobar a menudo un muy notable rebajamiento de su
facultad de juzgar, por obra de influjos afectivos. La presunción de la
conciencia, que por ejemplo desestima al sueño con tanto menosprecio, se cuenta
entre los dispositivos protectores provistos universalmente a todos nosotros
para impedir la irrupción de los complejos inconcientes, y por eso es tan
difícil convencer a los seres humanos de la realidad de lo inconciente y darles
a conocer algo nuevo que contradice su noticia conciente.
Cinco conferencias sobre psicoanálisis - Conferencia 2
Cinco conferencias sobre psicoanálisis. (1910 [1909]).
II
Señoras y señores: Más o menos por la misma época en que
Breuer ejercía con su paciente la «talking cure», el maestro Charcot había
iniciado en París aquellas indagaciones sobre las histéricas de la Salpétriere
que darían por resultado una comprensión novedosa de la enfermedad. Era
imposible que esas conclusiones ya se conocieran por entonces en Viena. Pero
cuando una década más tarde Breuer y yo publicamos la comunicación preliminar
sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos [1893a], que tomaba
como punto de partida el tratamiento catártico de la primera paciente de
Breuer, nos encontrábamos enteramente bajo el sortilegio de las investigaciones
de Charcot. Equiparamos las vivencias patógenas de nuestros enfermos, en
calidad de traumas psíquicos, a aquellos traumas corporales cuyo influjo sobre
parálisis histéricas Charcot había establecido; y la tesis de Breuer sobre los
estados hipnoides no es en verdad sino un reflejo del hecho de que Charcot
hubiera reproducido artificialmente en la hipnosis aquellas parálisis
traumáticas.
El gran observador francés, de quien fui discípulo entre 1885
y 1886, no se inclinaba a las concepciones psicológicas; sólo su discípulo
Pierre Janet intentó penetrar con mayor profundidad en los particulares
procesos psíquicos de la histeria, y nosotros seguimos su ejemplo cuando
situamos la escisión anímica y la fragmentación de la personalidad en el centro
de nuestra concepción. Hallan ustedes en Janet una teoría de la histeria que
toma en cuenta las doctrinas prevalecientes en Francia acerca del papel de la
herencia y de la degeneración. Según él, la histeria es una forma de la
alteración degenerativa del sistema nervioso que se da a conocer mediante una
endeblez innata de la síntesis psíquica. Sostiene que los enfermos de histeria
son desde el comienzo incapaces de cohesionar en una unidad la diversidad de los
procesos anímicos, y por eso se inclinan a la disociación anímica. Si me
permiten ustedes un símil trivial, pero nítido, la histérica de Janet recuerda
a una débil señora que ha salido de compras y vuelve a casa cargada con una
montaña de cajas y paquetes. Sus dos brazos y los diez dedos de las manos no le
bastan para dominar todo el cúmulo y entonces se le cae primero un paquete. Se
agacha para recogerlo, y ahora es otro el que se le escapa, etc. No armoniza
bien con esa supuesta endeblez anímica de las histéricas el hecho de que entre
ellas puede observarse, ¡unto a los fenómenos de un rendimiento disminuido,
también ejemplos de un incremento parcial de su productividad, como a modo de
un resarcimiento. En la época en que la paciente de Breuer había olvidado su
lengua materna y todas las otras salvo el inglés, su dominio de esta última
llegó a tanto que era capaz, si se le presentaba un libro escrito en alemán, de
producir de primer intentó una traducción intachable y fluida al inglés leyendo
en voz alta.
Cuando luego me apliqué a continuar por mi cuenta las
indagaciones iniciadas por Breuer, pronto llegué a otro punto de vista acerca
de la génesis de la disociación histérica (escisión de conciencia). Semejante
divergencia, decisiva para todo lo que había de seguir, era forzoso que se
produjese, pues yo no partía, como Janet, de experimentos de laboratorio, sino
de empeños terapéuticos.
Sobre todo me animaba la necesidad práctica. El tratamiento
catártico, como lo había ejercitado Breuer, implicaba poner al enfermo en
estado de hipnosis profunda, pues sólo en el estado hipnótico hallaba este la
noticia ¿le aquellos nexos patógenos, noticia que le faltaba en su estado
normal. Ahora bien, la hipnosis pronto empezó a desagradarme, como un recurso
tornadizo y por así decir místico; y cuando hice la experiencia de que a pesar
de todos mis empeños sólo conseguía poner en el estado hipnótico a una fracción
de mis enfermos, me resolví a resignar la hipnosis e independizar de ella al
tratamiento catártico. Puesto que no podía alterar a voluntad el estado
psíquico de la mayoría de mis pacientes, me orienté a trabajar con su estado
normal. Es cierto que al comienzo esto parecía una empresa sin sentido ni
perspectivas. Se planteaba la tarea de averiguar del enfermo algo que uno no
sabía y que ni él mismo sabía; ¿cómo podía esperarse averiguarlo no obstante?
Entonces acudió en mi auxilio el recuerdo de un experimento muy asombroso e
instructivo que yo había presenciado junto a Bernheim en Nancy [en 1889].
Bernheim nos demostró por entonces que las personas a quienes él había puesto
en sonambulismo hipnótico, haciéndoles vivenciar en ese estado toda clase de
cosas, sólo en apariencia habían perdido el recuerdo de lo que vivenciaron
sonámbulas y era posible despertarles tales recuerdos aun en el estado normal.
Cuando les inquiría por sus vivencias sonámbulas, al comienzo aseveraban por
cierto no saber nada; pero si él no desistía, si las esforzaba, si les
aseguraba que empero lo sabían, en todos los casos volvían a acudirles esos
recuerdos olvidados.
Fue lo que hice también yo con mis pacientes. Cuando había
llegado con ellos a un punto en que aseveraban no saber nada más, les aseguraba
que empero lo sabían, que sólo debían decirlo, y me atrevía a sostenerles que
el recuerdo justo sería el que les acudiese en el momento en que yo les pusiese
mi mano sobre su frente. De esa manera conseguía, sin emplear la hipnosis,
averiguar. de los enfermos todo lo requerido para restablecer el nexo entre las
escenas patógenas olvidadas y los síntomas que estas habían dejado como
secuela. Pero era un procedimiento trabajoso, agotador a la larga, que no podía
ser el apropiado para una técnica definitiva.
Mas no lo abandoné sin extraer de las percepciones que él
procuraba las conclusiones decisivas. Así, pues, yo había corroborado que los
recuerdos olvidados no estaban perdidos. Se encontraban en posesión del enfermo
y prontos a aflorar en asociación con lo todavía sabido por él, pero alguna
fuerza les impedía devenir concientes y los constreñía a permanecer
inconcientes. Era posible suponer con certeza la existencia de esa fuerza, pues
uno registraba un esfuerzo {Anstrengung} correspondiente a ella cuando se
empeñaba, oponiéndosele, en introducir los recuerdos inconcientes en la
conciencia del enfermo. Uno sentía como resistencia del enfermo esa fuerza que
mantenía en pie al estado patológico.
Ahora bien, sobre esa idea de la resistencia he fundado mi
concepción de los procesos psíquicos de la histeria. Cancelar esas resistencias
se había demostrado necesario para el restablecimiento; y ahora, a partir del
mecanismo de la curación, uno podía formarse representaciones muy precisas
acerca de lo acontecido al contraerse la enfermedad. Las mismas fuerzas que
hoy, como resistencia, se oponían al empeño de hacer conciente lo olvidado
tenían que ser las que en su momento produjeron ese olvido y esforzaron
{drängen} afuera de la conciencia las vivencias patógenas en cuestión. Llamé
represión {esfuerzo de desalojo} a este proceso por mí supuesto, y lo consideré
probado por la indiscutible existencia de la resistencia.
Desde luego, cabía preguntarse cuáles eran esas fuerzas y
cuáles las condiciones de la represión en la que ahora discerníamos el
mecanismo patógeno de la histeria. Una indagación comparativa de las
situaciones patógenas de que se había tenido noticia mediante el tratamiento
catártico permitía ofrecer una respuesta. En todas esas vivencias -había estado
en juego el afloramiento de una moción de deseo que se encontraba en aguda
oposición a los demás deseos del individuo, probando ser inconciliable con las
exigencias éticas y estéticas de la personalidad. Había sobrevenido un breve
conflicto, y el final de esta lucha interna fue que la representación que
aparecía ante la conciencia como la portadora de aquel deseo inconciliable
sucumbió a la represión {esfuerzo de desalojo} y fue olvidada. y esforzada
afuera de la conciencia junto con los recuerdos relativos a ella. Entonces, la
inconciliabilidad de esa representación con el yo del enfermo era el motivo
{Motiv, «la fuerza impulsora»} de la represión; y las fuerzas represoras eran
los reclamos éticos, y otros, del individuo. La aceptación de la moción de
deseo inconciliable, o la persistencia del conflicto, habrían provocado un alto
grado de displacer; este displacer era ahorrado por la represión, que de esa
manera probaba ser uno de los dispositivos protectores de la personalidad
anímica.
Les referiré, entre muchos, uno solo de mis casos, en el que
se disciernen con bastante nitidez tanto las condiciones como la utilidad de la
represión. Por cierto que para mis fines me veré obligado a abreviar este
historial clínico, dejando de lado importantes premisas de él. Una joven que
poco tiempo antes había perdido a su amado padre, de cuyo cuidado fue partícipe
-situación análoga a la de la paciente de Breuer-, sintió, al casarse su
hermana mayor, una particular simpatía hacia su cuñado, que fácilmente pudo
enmascararse como una ternura natural entre parientes. Esta hermana pronto cayó
enferma y murió cuando la paciente se encontraba ausente junto con su madre.
Las ausentes fueron llamadas con urgencia sin que se les proporcionase noticia
cierta del doloroso suceso, Cuando la muchacha hubo llegado ante el lecho de su
hermana muerta, por un breve instante afloró en ella una idea que podía
expresarse aproximadamente en estas palabras: «Ahora él está libre y puede
casarse conmigo». Estamos autorizados a dar por cierto que esa idea, delatora
de su intenso amor por el cuñado, y no conciente para ella misma, fue entregada
de inmediato a la represión por la revuelta de sus sentimientos. La muchacha
contrajo graves síntomas histéricos y cuando yo la tomé bajo tratamiento
resultó que había olvidado por completo la escena junto al lecho de su hermana,
así como la moción odiosa y egoísta que emergiera en ella. La recordó en el
tratamiento, reprodujo el factor patógeno en medio de los indicios de la más
violenta emoción, y sanó así.
Acaso me sea lícito ilustrarles el proceso de la represión y
su necesario nexo con la resistencia mediante un grosero símil que tomaré,
justamente, de la situación en que ahora nos encontramos. Supongan que aquí,
dentro de esta sala y entre este auditorio cuya calma y atención ejemplares yo
no sabría alabar bastante, se encontrara empero un individuo revoltoso que me
distrajera de mi tarea con sus impertinentes risas, charla, golpeteo con los
pies. Y que yo declarara que así no puedo proseguir la conferencia, tras lo
cual se levantaran algunos hombres vigorosos entre ustedes y tras breve lucha pusieran
al barullero en la puerta. Ahora él está «desalojado» (reprimido} y yo puedo
continuar mi exposición. Ahora bien, para que la perturbación no se repita si
el expulsado intenta volver a ingresar en la sala, los señores que ejecutaron
mi voluntad colocan sus sillas contra la puerta y así se establecen como una
«resistencia» tras un esfuerzo de desalojo (represión} consumado. Si ustedes
trasfieren las dos localidades a lo psíquico como lo «conciente» y lo
«inconciente», obtendrán una imagen bastante buena del proceso de la represión.
Ahora ven ustedes en qué radica la diferencia entre nuestra
concepción y la de Janet. No derivamos la escisión psíquica de una
insuficiencia innata que el aparato anímico tuviera para la síntesis, sino que
la explicamos dinámicamente por el conflicto de fuerzas anímicas en lucha,
discernimos en ella el resultado de una renuencia activa de cada uno de los dos
agrupamientos psíquicos respecto del otro, Ahora bien, nuestra concepción
engendra un gran número de nuevas cuestiones. La situación del conflicto
psíquico es sin duda frecuentísima; un afán del yo por defenderse de recuerdos
penosos se observa con total regularidad, y ello sin que el resultado sea una
escisión anímica. Uno no puede rechazar la idea de que hacen falta todavía
otras condiciones para que el conflicto tenga por consecuencia la disociación.
También les concedo que con la hipótesis de la represión no nos encontramos al
final, sino sólo al comienzo, de una teoría psicológica, pero no tenemos otra
alternativa que avanzar paso a paso y confiar a un trabajo progresivo en
anchura y profundidad la obtención de un conocimiento acabado.
Desistan, por otra parte, del intento de situar el caso de
la paciente de Breuer bajo los puntos de vista de la represión. Ese historial
clínico no se presta a ello porque se lo obtuvo con el auxilio del influjo
hipnótico. Sólo si ustedes desechan la hipnosis pueden notar las resistencias y
represiones y formarse una representación certera del proceso patógeno
efectivo. La hipnosis encubre a la resistencia; vuelve expedito un cierto
ámbito anímico, pero en cambio acumula la resistencia en las fronteras de ese
ámbito al modo de una muralla que vuelve inaccesible todo lo demás.
Lo más valioso que aprendimos de la observación de Breuer
fueron las noticias acerca de los nexos entre los síntomas y las vivencias
patógenas o traumas psíquicos, y ahora no podemos omitir el apreciar esas
intelecciones desde el punto de vista de la doctrina de la represión. Al
comienzo no se ve bien cómo desde la represión puede llegarse a la formación de
síntoma. En lugar de proporcionar una compleja deducción teórica, retomaré en
este punto la imagen que antes usamos para ilustrar la represión {esfuerzo de
desalojo}. Consideren que con el distanciamiento del miembro perturbador y la
colocación de los guardianes ante la puerta el asunto no necesariamente queda
resuelto. Muy bien puede suceder que el expulsado, ahora enconado y despojado
de todo miramiento, siga dándonos qué hacer. Es verdad que ya no está entre nosotros;
nos hemos librado de su presencia, de su risa irónica, de sus observaciones a
media voz, pero en cierto sentido el esfuerzo de desalojo no ha tenido éxito,
pues ahora da ahí afuera un espectáculo insoportable, y sus gritos y los golpes
de puño que aplica contra la puerta estorban mi conferencia más que antes su
impertinente conducta. En tales circunstancias no podríamos menos que
alegrarnos si, por ejemplo, nuestro estimado presidente, el doctor Stanley
Hall, quisiera asumir el papel de mediador y apaciguador. Hablaría con el
miembro revoltoso ahí afuera y acudiría a nosotros con la exhortación de que lo
dejáramos reingresar, ofreciéndose él como garante de su buen comportamiento.
Obedeciendo a la autoridad del doctor Hall, nos decidimos entonces a cancelar
de nuevo el desalojo, y así vuelven a reinar la calma y la paz. En realidad, no
es esta una figuración inadecuada de la tarea que compete al médico en la
terapia psicoanalítica de las neurosis.
Para decirlo ahora más directamente: mediante la indagación
de los histéricos y otros neuróticos llegamos a convencernos de que en ellos ha
fracasado la represión de la idea entramada con el deseo insoportable. Es
cierto que la han pulsionado afuera de la conciencia y del recuerdo,
ahorrándose en apariencia una gran suma de displacer, pero la moción de deseo
reprimida perdura en lo inconciente, al acecho de la oportunidad de ser
activada; y luego se las arregla para enviar dentro de la conciencia una
formación sustitutiva, desfigurada y vuelta irreconocible, de lo reprimido, a
la que pronto se anudan las mismas sensaciones de displacer que uno creyó
ahorrarse mediante la represión. Esa formación sustitutiva de la idea reprimida
-el síntoma- es inmune a los ataques del yo defensor, y en vez de un breve
conflicto surge ahora un padecer sin término en el tiempo. En el síntoma cabe
comprobar, junto a los indicios de la desfiguración, un resto de semejanza,
procurada de alguna manera, con la idea originariamente reprimida; los caminos
por los cuales se consumó la formación sustitutiva pueden descubrirse en el
curso del tratamiento psicoanalítico del enfermo, y para su restablecimiento es
necesario que el síntoma sea trasportado de nuevo por esos mismos caminos hasta
la idea reprimida. Si lo reprimido es devuelto a la actividad anímica
conciente, lo cual presupone la superación de considerables resistencias, el
conflicto psíquico así generado y que el enfermo quiso evitar puede hallar, con
la guía del médico, un desenlace mejor que el que le procuró la represión. De
tales tramitaciones adecuadas al fin, que llevan conflicto y neurosis a un
feliz término, las hay varias, y en algunos casos es posible alcanzarlas
combinadas entre sí. La personalidad del enfermo puede ser convencida de que
rechazó el deseo patógeno sin razón y movida a aceptarlo total o parcialmente,
o este mismo deseo ser guiado hacia una meta superior y por eso exenta de
objeción (lo que se llama su sublimación), o bien admitirse que su
desestimación es justa, pero sustituirse el mecanismo automático y por eso
deficiente de la represión por un juicio adverso {Verurteilung) con ayuda de
las supremas operaciones espirituales del ser humano; así se logra su gobierno
conciente.
Discúlpenme ustedes si no he logrado exponerles de una
manera claramente aprehensible estos puntos capitales del método de tratamiento
ahora llamado psicoanálisis. Las dificultades no se deben sólo a la novedad del
asunto. Sobre la índole de los deseos inconciliables que a pesar de la
represión saben hacerse oír desde lo inconciente, y sobre las condiciones
subjetivas o constitucionales que deben darse en cierta persona para que se
produzca ese fracaso de la represión y una formación sustitutiva o de síntoma,
daremos noticia luego, con algunas puntualizaciones.
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